La llegada de la primavera suele ser sinónimo de días más largos y temperaturas agradables, pero esta estación también representa un riesgo oculto para la salud cutánea que a menudo se subestima. Tras meses de invierno, nuestra piel se encuentra en un estado vulnerable debido a la baja producción de melanina, el pigmento que actúa como protección natural frente a la radiación solar.
El farmacéutico Jerónimo Ors explica que los rayos ultravioleta (UV) son los principales enemigos de la piel, responsables no solo de quemaduras, sino también de manchas, envejecimiento prematuro y, en casos graves, cáncer de piel. La exposición en primavera se intensifica especialmente con el cambio al horario de verano, que alarga las horas de sol justo cuando la radiación es más intensa, alrededor del mediodía solar, que en horario oficial suele coincidir con las 14:00 horas.
En este momento, la piel puede quemarse rápidamente sin llegar a desarrollar un bronceado, y el daño más preocupante es la inmunosupresión local que provoca el sol, debilitando las defensas cutáneas. Esto afecta especialmente a personas que sufren acné, dermatitis seborreica o herpes labial, quienes pueden experimentar empeoramientos tras la exposición solar. Además, las manchas y el envejecimiento cutáneo se agravan durante esta estación.
Las pieles claras o con fototipos bajos, junto con grupos vulnerables como niños, embarazadas, ancianos o pacientes polimedicados, presentan una mayor sensibilidad al sol primaveral. Ors destaca que el enrojecimiento frecuente en primavera es una señal clara de que los rayos UV penetran incluso a través de las nubes.
Otro factor que debilita la piel en primavera es su mayor sequedad, en contraste con el verano, cuando genera una capa lipídica protectora. Esta sequedad, unida a la reactividad causada por alergias, deja la piel más indefensa ante la radiación solar.
El experto advierte también sobre ciertos medicamentos de uso habitual, como el ibuprofeno, que pueden aumentar la fotosensibilidad y provocar manchas o reacciones alérgicas. Lo mismo ocurre con tratamientos para enfermedades autoinmunes o oncológicas, cuyos pacientes deben extremar las precauciones.
Por ello, la recomendación general es aplicar un fotoprotector con factor de protección solar (FPS) 50 de forma constante, renovando la aplicación cada dos o cuatro horas, especialmente para quienes permanecen al aire libre en las horas de mayor radiación. La protección no debe ser un gesto único por la mañana, sino un hábito continuo para evitar daños acumulativos.
En definitiva, aunque la primavera invite a disfrutar del sol, es fundamental no bajar la guardia y cuidar la piel con rigor para evitar consecuencias que pueden ser más graves de lo que parece a simple vista.













