Las alergias alimentarias se duplican en diez años y son un riesgo vital

Las alergias alimentarias han duplicado su prevalencia, alertan expertos sobre su gravedad.

Las alergias alimentarias se han convertido en un desafío sanitario significativo en las sociedades occidentales. En solo diez años, su prevalencia se ha duplicado, considerándose actualmente un problema de salud pública de gran relevancia. La alergia a un alimento se clasifica como una enfermedad de «riesgo vital», dado que el contacto con el alérgeno puede provocar una reacción grave en cuestión de minutos.

Amapola Munuera, farmacéutica especializada en alergias alimentarias y formada en el Imperial College de Londres, señala que en los últimos años la alergología ha experimentado una transformación notable. «Hemos pasado de un enfoque más clínico a uno molecular, que nos permite entender mejor qué proteínas específicas provocan la reacción y cómo responde el sistema inmunitario de cada paciente», explica. Este avance facilita un diagnóstico más preciso y orienta tanto la prevención como el tratamiento de estas alergias.

Con el fin de aclarar conceptos erróneos, Munuera desmantela algunas creencias comunes sobre esta condición. Por ejemplo, es frecuente confundir la alergia alimentaria con una intolerancia alimentaria. «Una intolerancia es un trastorno digestivo que ocurre cuando el cuerpo no puede procesar adecuadamente un alimento, causando molestias intestinales. En contraste, en la alergia, el sistema inmunitario identifica como dañina una sustancia inocua, desencadenando una reacción inmediata que puede variar desde una inflamación leve hasta una anafilaxia mortal», aclara.

Otro mito es que la intensidad de la reacción siempre es predecible. «La experiencia de un paciente con reacciones leves no garantiza que la próxima sea igual. Siempre existe el riesgo de que sea más grave», advierte Munuera. Además, la exposición al alérgeno no se limita solo a la ingesta; una persona alérgica también puede reaccionar al inhalar partículas del alimento o al tocarlo. «La ingesta representa un mayor riesgo debido a la cantidad de alérgeno, pero no se deben subestimar otras vías de contacto», subraya.

Existen confusiones adicionales, como la distinción entre la alergia alimentaria y enfermedades autoinmunes como la celiaquía. En la celiaquía, el sistema inmunitario ataca el revestimiento del intestino tras la ingesta de gluten, mientras que la reacción alérgica puede ser inmediata tras consumir trigo u otros cereales con gluten.

Además, Munuera aclara que para desarrollar una alergia es necesario tener una predisposición genética y haber estado en contacto previo con el alérgeno. Estudios científicos sugieren que la forma en la que se cocinan y se introducen ciertos alimentos en la dieta infantil puede influir en el riesgo de sensibilización. «Estamos orientando cada vez más la alergología hacia la prevención y el tratamiento temprano, especialmente en las alergias más comunes», señala.

Más allá de las estrictas limitaciones dietéticas, las alergias alimentarias conllevan una carga emocional significativa. «Vivir con una alergia implica estar pendiente de cada etiqueta, de cada comida fuera de casa y de llevar siempre consigo la medicación de rescate», comenta Munuera. Las reacciones graves a alimentos representan aproximadamente un tercio de las anafilaxias, con tasas de letalidad que pueden alcanzar hasta un 2%, según datos clínicos. «Quienes no conviven con una alergia alimentaria a menudo no son conscientes del impacto que tiene en la vida cotidiana. No se trata solo de evitar un alimento; se vive con la incertidumbre y la responsabilidad constante de prevenir una reacción grave», concluye.

Redacción

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