Este miércoles se presentó en el Archivo Histórico Provincial de Granada un libro que profundiza en el Catastro de Ensenada, un documento fiscal del siglo XVIII que ofrece una visión detallada de las viviendas en la provincia. Esta obra colectiva, impulsada por la Diputación de Granada y la Editorial Universidad de Granada, explora cómo en aquella época las casas eran espacios donde se vivía, trabajaba y almacenaba, una realidad que hoy resuena con la reciente tendencia del teletrabajo.
Antes de la era digital y de la pandemia, la separación entre hogar y trabajo no existía como ahora. En la Granada del siglo XVIII, el quehacer diario se desarrollaba bajo un mismo techo: las viviendas cumplían funciones residenciales y productivas simultáneamente. Este modelo doméstico, lejos de ser una opción, respondía a una organización social y económica generalizada.
El Catastro de Ensenada, impulsado por la Corona para conocer la riqueza territorial, recopiló información minuciosa sobre tierras, ganados y oficios, pero también sobre las viviendas. Este censo fiscal preguntaba por el número de casas, su estado, los habitantes y las cargas asociadas. Más allá de su propósito recaudatorio, el Catastro se convirtió en una radiografía de la vida cotidiana granadina.
El libro presentado, coordinado por Margarita M. Birriel Salcedo, profesora de la Universidad de Granada y presidenta del CEHVAL, junto a Raúl Ruiz Álvarez, profesor de la Universidad de Cádiz, parte de la investigación realizada con estudiantes del Máster en Historia de la UGR. Ruiz explica que el proyecto buscaba que el alumnado trabajara con fuentes primarias y avanzara hacia una investigación real con valor histórico y social. Añade que el Catastro es una fuente excepcional, pero que requiere un análisis crítico para comprender por qué y cómo se recogieron los datos.
La diversidad de las viviendas en la provincia de Granada
El Catastro ofrece detalles sobre las características de las viviendas, como el número de plantas, patios o espacios de trabajo, aunque deja en blanco aspectos como los materiales o el diseño interior. Sin embargo, permite distinguir diferentes tipos de casas —desde cortijos hasta cuevas— y reconstruir el paisaje doméstico del siglo XVIII en localidades tan variadas como Agrón, Cijuela, Puerto Lope, Purchil, Alamedilla o Rubite.
En zonas como el Cortijo de Agrón, se constató que no todas las viviendas estaban habitadas y muchas pertenecían a grandes propietarios, mientras que los vecinos pagaban rentas por su uso, en dinero o en especie. Esta realidad se intensifica en lugares como Cijuela o Alamedilla, donde la dependencia de los colonos respecto a los terratenientes condicionaba el acceso a la vivienda, configurando una estructura social basada en la propiedad relativa y el arrendamiento.
En otras localidades, como Puerto Lope o Purchil, la casa no solo era residencia sino un espacio productivo, donde se trabajaba y almacenaba, fusionando lo doméstico con lo económico. En Rubite y otras zonas, la investigación destaca la ausencia de un único modelo de vivienda rural, reflejando la diversidad adaptativa al entorno mediterráneo y las diferencias comarcales evidentes entre La Vega, los Montes, las Alpujarras o el Temple.
El Catastro permite también relacionar la vivienda con la familia, la propiedad y el trabajo, revelando detalles como el tamaño de los hogares, la estructura familiar o la coexistencia de actividades económicas dentro del hogar. Entre sus páginas aparecen croquis manuscritos que representan casas, iglesias y tejados, no como mapas técnicos, sino como representaciones subjetivas del territorio desde la perspectiva de sus habitantes.
Este volumen no solo rescata una forma de habitar que en muchos casos ha desaparecido o ha cambiado radicalmente, sino que también invita a reflexionar sobre la conexión histórica entre hogar y trabajo, una realidad que vuelve con fuerza en nuestro presente.














