Este año ha crecido notablemente el número de quintillas presentadas al concurso que organiza el Ayuntamiento de Granada con motivo de las carocas instaladas en la Plaza Bib-Rambla durante la festividad del Corpus. La razón principal de este aumento, según fuentes cercanas al certamen, es el uso de la inteligencia artificial para la búsqueda de rimas, lo que ha provocado que la cifra de participantes se haya duplicado.
Expertos en inteligencia artificial explican que esta tecnología es capaz de generar quintillas sobre cualquier tema con rapidez y en gran cantidad. Sin embargo, no logra reproducir del todo la chispa o la malafollá, ese toque característico que los granadinos aprecian en estas composiciones. No obstante, advierten que la IA podría evolucionar hasta imitar ese estilo con tanta precisión que resultaría casi imposible para los jurados distinguir entre versos humanos y generados por máquina.
Para comprobarlo, el propio editor solicitó a un programa de inteligencia artificial que creara una quintilla sobre el estado del firme solar recientemente renovado en la calle San Antón. El resultado fue una composición aceptable, aunque sin la genialidad típica de las auténticas quintillas granadinas:
«Dos millones bien gastados
dijeron con gran emoción,
pero al mes, recién estrenados,
ya andaban levantados…
¡los suelos de San Antón!»
La tradición de las carocas y quintillas en Granada tiene una historia que se remonta a sus prohibiciones durante la dictadura de Primo de Rivera y en los primeros años del régimen franquista. No fue hasta 1952 cuando el alcalde Ossorio Morales recuperó esta costumbre popular. A lo largo de los años, Granada ha contado con destacados quintilleros como Afán de Rivera, Parrizas, Martínez Dueñas, López Sancho y, en épocas más recientes, Pepe Ladrón de Guevara.
En la actualidad, nombres como Manuel Casares, Curro Roldán y Andrés Molinari continúan la tradición. Sin embargo, nadie cree que la inteligencia artificial pueda superar la lucidez y el humor de quintillas clásicas, como aquella que relataba la divertida anécdota de un concejal que, al jurar su cargo con la mano sobre la Biblia, se equivocó y leyó un pasaje del Antiguo Testamento en lugar del juramento oficial:
«Fenol el de los jabones
al hacer el juramento
se equivocó de renglones
y nos leyó por cojones
el Antiguo Testamento.»
Una obra de malafollá tan genuina que, según los entendidos, ninguna máquina lograría mejorar.














