El sentimiento de pesar que provoca no poder leer todos los libros que uno tiene a su alcance es el centro de esta reflexión, donde se reconoce la imposibilidad real de abarcar la enorme cantidad de títulos que se encuentran en librerías, bibliotecas o incluso amontonados en casa.
El autor aclara de entrada que no se refiere a una aversión hacia la lectura, ni mucho menos hacia los escritores, algunos de los cuales no le apasionan, sino a la dificultad material que implica dedicarse a tantos libros como los que se acumulan a diario. No se trata tampoco de obras agotadas o difíciles de conseguir, sino de ese volumen de libros que llegan a su entorno y que, por falta de tiempo y espacio, permanecen en espera.
Actualmente, junto a textos profesionales de su área, simultanea la lectura de dos novelas, ambas firmadas por autoras femeninas, un dato que destaca como reflejo del avance de las mujeres en la literatura, que hoy ocupan un espacio mucho más visible y relevante que en épocas pasadas, cuando debían ocultarse para poder estudiar o crear. Sin embargo, al igual que en cualquier ámbito, se encuentran libros excelentes y otros más flojos o incluso insoportables, y la genialidad sigue siendo un tesoro escaso.
El dolor de no poder leer tantos libros también se amplifica por la certeza de que muchos de ellos, una vez que falte, terminarán destruidos o quemados, pues las bibliotecas privadas pierden valor y los jóvenes relegan el papel a favor de otros soportes. En su caso particular, sus miles de libros de Derecho Público no tienen un heredero natural ni un lugar en ninguna universidad donde puedan conservarse, lo que añade un componente moral a ese desconsuelo, agravado por la idea de que tal vez nunca llegue a conocerlos en profundidad.
Frecuentemente observa esos libros amontonados, lee sus títulos y autores, algunos conocidos y otros no, y se disculpa con ellos por no poder leerlos, salvo que en algún más allá las grandes obras alcancen una verdadera eternidad. También menciona ese temor a que puedan acabar en calderas infernales, una imagen que recuerda episodios dolorosos de la historia española.
Reconoce que casi todos tienen la ilusión o vocación de escribir, aunque el talento y el interés literario son mucho más escasos. El mercado editorial está saturado por premios con dudas mediáticas y autoediciones, lo que multiplica las obras disponibles, pero leer y terminar un libro sigue siendo un desafío.
En Asturias, señala que hay grandes escritores y poetas, y aunque en su juventud sufrió un desencanto con ciertos estilos y métricas, recientemente se ha reconciliado con la poesía asturiana contemporánea. Sobre las novelas que lee actualmente, destaca a la escritora consagrada Alicia Giménez Bartlett, ganadora del Premio Nadal en 2011, y a la joven promesa Nessy Lanza, quien rompe con estructuras clásicas y sitúa su ficción en el extremo occidental de Asturias con su obra La voz del silencio.
Finalmente, reconoce el legado literario de Asturias, a pesar de su aislamiento histórico, y expresa el deseo de que siga produciendo creaciones valiosas. En medio de la tristeza por los libros que nunca podrá leer, confía en disfrutar y terminar los que ahora tiene entre manos, a pesar de las polémicas que en ocasiones rodean incluso al Día del Libro.













