La percepción que tienen la mayoría de los ciudadanos sobre la seguridad alimentaria se basa en la idea de que los supermercados deben tener siempre sus estanterías repletas de productos y, además, a precios accesibles. Esta visión es tan común que incluso muchos de los políticos que nos representan parecen compartirla.
Este enfoque se deriva de una educación que cada vez se aleja más de la realidad de la producción de alimentos. La conexión entre una granja de vacas y el vaso de leche que consumimos en el desayuno, o entre un campo de trigo y el pan que tenemos en la mesa, se ha convertido en un concepto teórico que muchos niños, y algunos adultos, no podrían explicar adecuadamente. Las consecuencias de esta desconexión entre el entorno urbano y rural son evidentes en nuestro día a día. Por ejemplo, son muchos los turistas que se quejan de los gallos que cantan al amanecer, arruinando así su escapada romántica en la naturaleza.
La visión que tenemos del campo es una idealización que lo reduce a paisajes de prados verdes y ríos cristalinos, sin tener en cuenta la realidad que viven quienes trabajan en el sector. Esta percepción errónea ha influido en los acuerdos comerciales que la Unión Europea establece con diversos países, donde se exige a los agricultores locales el cumplimiento de estrictas normativas ambientales y laborales, mientras que solo una pequeña fracción de los productos importados es sometida a inspección.
Estamos permitiendo la entrada de productos que no podemos producir debido a regulaciones internas, lo que crea una competencia desleal que puede llevar a la ruina a nuestros agricultores. Además, la ONU ha visto mermada su relevancia en cuestiones de derechos humanos, lo que plantea interrogantes sobre su capacidad para abordar crisis globales.
Las repercusiones de esta situación son claras. Una de ellas es el incremento continuo en el precio de la cesta de la compra, y otra, menos visible pero igualmente importante, es la firma de acuerdos que benefician a la industria europea a cambio de permitir la entrada de productos agropecuarios sin garantías de cumplimiento normativo. Esto podría llevar al desmantelamiento de nuestro sistema productivo.
Cuando surgió la crisis del covid, Europa se enfrentó a la escasez de muchos productos, salvo en lo que respecta a carne, huevos, frutas y verduras frescas, gracias a la solidez del sector primario español. Sin embargo, ¿qué habría sucedido si este sector hubiese estado debilitado? ¿Hubiéramos podido garantizar la alimentación en medio de una crisis tan severa?
Al finalizar la pandemia, se declaró el sector farmacéutico como estratégico para evitar situaciones de desabastecimiento, lo cual fue una lección aprendida tras quedarnos sin medicamentos. Sin embargo, como no sufrimos escasez de alimentos, parece que no hemos comprendido plenamente la lección. Si Europa no reconoce la importancia del sector primario, estaremos corriendo un riesgo significativo: que en momentos de crisis, nos demos cuenta demasiado tarde de que la seguridad alimentaria no se asegura con estanterías llenas en los supermercados, sino proporcionando respaldo y recursos a los agricultores y ganaderos. Esta es una realidad que parece ignorar tanto el Gobierno del Estado como las autoridades en Bruselas.














