La definición de objetivos esenciales compartidos representa la base fundamental de las funciones empresariales, así como su adaptación al entorno competitivo e institucional en el que operan. Esta tarea, lejos de ser sencilla, exige de la dirección máxima la capacidad de ajustar los objetivos, los recursos y las habilidades con el contexto de rivalidad, que abarca no solo lo económico sino también lo social, legal, tecnológico, político y global.
En la docencia de Estrategia, resulta habitual recordar la famosa frase de Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mis circunstancias». Aunque para muchos estudiantes ese pensamiento del ensayista y filósofo español pueda ser desconocido, su relevancia para entender el sentido estratégico de una empresa es indiscutible. La estrategia, etimológicamente derivada del griego strategós, es «el arte de conducir ejércitos», una nobleza que contrasta con la realidad de muchos profesionales que confunden lo operativo o lo táctico con lo estratégico.
En el entorno empresarial, es común escuchar expresiones como «Yo soy mi propio CEO» de alguien que apenas maneja tareas básicas, o afirmar que salir de fiesta no es estrategia sino táctica. De la misma manera, un subteniente tiene una misión operativa, no estratégica. La proliferación de planes sin una estrategia clara desemboca en la fatídica frase: «Aquí hay mucho jefe y poco indio».
En ocasiones, la falta de planificación estratégica se refleja en empresas que se lanzan a proyectos sin conocimiento suficiente, motivadas por la bonanza económica momentánea y la soberbia. Es el caso del terrateniente que abandona un negocio rentable para emprender en sectores desconocidos o del empresario que abre sedes en lugares donde carece de influencia real. Aquí entran en juego dos conceptos clásicos: las políticas económicas anticíclicas, que buscan equilibrar los altibajos del mercado, y las procíclicas, que se dejan llevar por la inercia y el exceso de optimismo.
Una empresa sin estrategia es comparable a un barco sin rumbo ni cartas náuticas, expuesto a cualquier tormenta o corriente que la desvíe sin control. La ausencia de presupuestos no solo es una irregularidad legal, sino también una señal clara de falta de propósito y de compromiso con el futuro. La estrategia demanda un compromiso a largo plazo que va más allá de la táctica y la improvisación.
Para ilustrar esta realidad, se puede recordar la figura de Gurdulú, el escudero del «Caballero Inexistente» de Italo Calvino, que, rodando por un cerro, llegó a creerse manzana. Así, sin estrategia, una empresa queda desnortada, como un cazador que dispara a todo sin objetivo, perdiendo oportunidades y recursos. Como dijo el director Luis García Berlanga en «Amanece, que no es poco»: «¡Alcalde! ¡Todos somos contingentes; menos usted, que es necesario!».














