La definición de objetivos esenciales compartidos constituye la base de cualquier función empresarial, pero igualmente crucial es su adaptación al entorno competitivo e institucional en el que se desenvuelve la empresa. Una máxima repetida entre expertos es que «el despiporre del contable es el cuadre», haciendo alusión a la necesidad de que las cuentas siempre encajen. Sin embargo, el verdadero reto para la alta dirección es alinear los objetivos, recursos y capacidades con un entorno que no solo es competitivo sino también socioeconómico, legal, tecnológico, político y global.
En las aulas de estrategia, aunque muchos estudiantes desconocen al ensayista y filósofo Ortega y Gasset, su célebre afirmación «Yo soy yo y mis circunstancias» sirve para ilustrar que ninguna empresa puede operar sin considerar su contexto. La palabra estrategia proviene del griego strategós, que significa «conductor de ejércitos», un término que refleja la nobleza y complejidad que debería tener la planificación empresarial, más allá de la improvisación o la mera táctica.
En el ámbito empresarial, no todo lo que se etiqueta como estratégico lo es realmente. Por ejemplo, salir de fiesta un viernes o una hoja de cálculo extensa no constituyen estrategias, sino acciones tácticas o meros instrumentos. Si todos se creen estratégicos sin una verdadera planificación, se corre el riesgo de que en la organización haya «mucho jefe y poco indio», una expresión que describe la falta de dirección efectiva.
Una lección fundamental para cualquier empresa es que operar sin un Plan Estratégico y sin presupuestos es como navegar un barco sin rumbo ni cartas náuticas. Los periodos de bonanza económica suelen engañar, pues invitan a apostar por proyectos a corto plazo sin considerar el largo plazo que exige la estrategia. Este error puede llevar a decisiones desacertadas, como que un terrateniente exitoso abandone su negocio tradicional para iniciar una aventura desconocida.
Existen dos enfoques clásicos en la economía para gestionar los ciclos: las políticas anticíclicas, que buscan equilibrar las fluctuaciones y evitar excesos, y las pro-cíclicas, que se comportan como el personaje Gurdulú de la novela El caballero inexistente de Calvino, creyendo ser algo que no es. Una empresa sin estrategia está condenada a perderse, como el cazador inexperto que dispara sin tino y desperdicia sus recursos.
Finalmente, la ausencia de presupuestos no solo es ilegal en muchas circunstancias, sino que también denota falta de un propósito claro y facilita la corrupción o la improvisación. En palabras del director Luis García Berlanga, «¡Alcalde! ¡Todos somos contingentes; menos usted, que es necesario!», recordándonos que, aunque muchos actúan por contingencia, la dirección debe ser imprescindible y estratégica para el éxito empresarial.














