Los manuales de diagnóstico de autismo han sido tradicionalmente diseñados con un enfoque en las características observadas en los niños, dejando de lado las particularidades que pueden presentar las niñas. Esta falta de atención ha llevado a que muchas mujeres autistas permanezcan indetectadas, atrapadas en un silencio que les resulta agobiante.
Los sesgos de género son como sombras en la cocina, a menudo inobservables, pero que afectan profundamente la forma en que se percibe la realidad. Un año atrás, mientras leía un artículo sobre cómo estos sesgos impactan la atención que se presta al autismo en las mujeres, sentí que algo en mí estallaba. Durante años, me había sentido fuera de lugar en este mundo, intentando cumplir con las expectativas sociales y de género, pero siempre sintiendo que había algo que no encajaba.
Desde pequeña, fui una niña que se esforzaba por ser «buena» y «cuidadosa», pero en mi interior había una tristeza profunda. Lloraba en secreto y temía cada mañana el regreso al colegio. Mi naturaleza, que a menudo se manifestaba con rabia y frustración, era camuflada para no ser vista por los demás. Este esfuerzo constante de ocultar mi verdadero ser se volvió desgastante, y al llegar a mis cuarenta años, me sentí exhausta, pensando que tal vez el problema era yo.
Con el tiempo, comencé a comprender que mis experiencias —como la necesidad de soledad tras interacciones sociales o las dificultades para entender normas sociales— eran rasgos que se asociaban al autismo en mujeres. Mis luchas se transformaron en un empoderamiento personal, y me embarqué en un proceso de exploración a través de la neuropsicología que me abrió los ojos a un mundo que hasta entonces había sido ajeno.
El 2 de abril, coincidiendo con el Día Internacional de Concienciación sobre el Autismo, recibí mi diagnóstico en un informe detallado. Me identifico ahora como una mujer con doble excepcionalidad: autista y con altas capacidades. Este reconocimiento me otorgó una nueva perspectiva sobre mis incomodidades y peculiaridades, que antes atribuía simplemente a mi personalidad.
A partir de ese momento, comprendí que situaciones que me resultaban incómodas, como la luz blanca intensa que siempre había detestado, estaban relacionadas con mi perfil sensorial. Aprendí a utilizar lentes especiales que han reducido significativamente mis migrañas. También, gracias a la comprensión de mi esposo, empecé a entender mi hipersensibilidad a ciertos olores y cómo estos afectan mi día a día.
Mi vida ha cambiado desde ese diagnóstico. Ahora puedo abordar situaciones estresantes, como volar en avión, con herramientas que me ayudan a reducir la sobrecarga sensorial. He aprendido a mostrar con orgullo mi identidad, a no esconderme. Sin embargo, el camino no ha sido sencillo; he enfrentado consultas médicas donde se cuestiona mi diagnóstico debido a estereotipos erróneos sobre el autismo.
La lucha contra estos prejuicios ha sido parte de mi proceso de autodescubrimiento. He aprendido a valorarme como Violeta, reconociendo que también necesito apoyo para vivir plenamente. No busco antidepresivos, sino un entorno que se ajuste a mis necesidades. Las mujeres y personas autistas merecen un espacio que respete y valore sus diferencias.
Este viaje ha sido crucial para mi bienestar y existencia. Gracias a mi búsqueda de respuestas, comprendo que el cuidado y el apoyo son esenciales para todos. Mi historia es un recordatorio de que, a pesar de los desafíos, siempre hay esperanza y la posibilidad de encontrar nuestro lugar en el mundo.












