El sueño juega un papel crucial en la vida humana, actuando como un proceso biológico que evoluciona con la edad y las circunstancias personales. Desde el nacimiento, cuando los bebés duermen casi 23 horas, hasta la adolescencia, donde se requiere entre 9 y 10 horas, la necesidad de sueño es fundamental. Sin embargo, los expertos advierten que, actualmente, esta cifra ha disminuido drásticamente, lo que genera preocupaciones sobre sus consecuencias.
El doctor Carlos Egea, jefe de la Unidad de Sueño del Hospital Quirónsalud Vitoria, señala que hemos alcanzado un punto crítico en el que el sueño se ha reducido a niveles peligrosos. «Quizás hemos llegado a la línea roja de máxima reducción del número de horas de sueño que podemos tener sin consecuencias estructurales sobre nuestra vida», afirma Egea. Este fenómeno es especialmente alarmante en los adolescentes, quienes actualmente duermen menos de lo necesario.
Durante la adolescencia, se presenta lo que se conoce como un «retraso de fase fisiológico», donde, debido a cambios hormonales, el inicio del sueño se retrasa en comparación con los adultos. Esto se agrava por el hecho de que los adolescentes se levantan a la misma hora que los adultos, privándose de horas de descanso. Además, el uso de pantallas antes de dormir contribuye a esta falta de sueño, ya que las emociones generadas y la luz de los dispositivos dificultan el inicio del sueño, retrasando su horario entre 10 y 20 minutos.
El doctor Egea enfatiza que «en este país, no es común que alguien se acueste antes de las once de la noche», lo que, sumado al uso de dispositivos electrónicos, resulta en una privación significativa de sueño. La evidencia científica respalda estas afirmaciones, sugiriendo que aquellos adolescentes que duermen las horas necesarias obtienen mejores resultados académicos y un desarrollo más saludable en comparación con aquellos que no lo hacen.
La cultura actual, que tiende a prolongar las cenas y las actividades diarias, también juega un papel fundamental en esta problemática. Egea propone que se establezca una estrategia nacional sobre el sueño, similar a la que ha implementado Francia, para abordar cómo se deben diseñar las casas, iluminar las ciudades y estructurar los espacios de descanso.
Para mejorar la calidad del sueño, el doctor Egea aconseja a las familias que limiten el uso de pantallas, realicen cenas más ligeras y a una hora más temprana, y fomenten que sus hijos se acuesten antes. Aunque estos consejos parecen sencillos, su implementación es complicada en una sociedad que acostumbra a dormir tarde.
La situación es preocupante; casi la mitad de los adolescentes están privados de sueño, y el uso de medicamentos para facilitar el sueño se ha incrementado en un 25%. Esto podría tener repercusiones en la salud mental, aumentando la ansiedad y la depresión entre los jóvenes.
El doctor Egea concluye que el sueño debe ser considerado un «superpoder». «Debemos entender que el sueño influye en el desarrollo de los jóvenes y en su capacidad para convertirse en los líderes del futuro», enfatiza. Por lo tanto, es vital que tanto padres como educadores reconozcan la importancia del sueño y actúen en consecuencia.













