El impacto del cambio de hora en el rendimiento cognitivo y la memoria

El cambio al horario de verano puede afectar la memoria y la concentración de las personas.

Desde la madrugada del domingo, los relojes se han adelantado una hora con la llegada del horario de verano. Este ajuste se traduce en un aumento de las horas de luz al final del día, lo que puede resultar revitalizante para algunos, mientras que para otros puede suponer una alteración significativa que afecta su rendimiento y productividad.

La psicóloga y neuropsicóloga Nayara Ortega señala que, aunque el cambio es leve, el organismo requiere un periodo de adaptación. Este ajuste impacta de manera directa en el ritmo circadiano, lo que puede influir en funciones cognitivas esenciales como la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento. «Los primeros días es común experimentar lentitud mental, dificultades para concentrarse y problemas para retener información reciente», advierte.

El cambio horario puede recordar, en cierta medida, al fenómeno del jet lag social, si bien no alcanza la misma intensidad. Según la experta, este fenómeno se relaciona con la alteración de los hábitos de sueño durante el fin de semana debido a actividades de ocio, mientras que el cambio de hora solo introduce una variación puntual. Sin embargo, también desajusta el descanso. «Es cierto que puede haber un cambio en nuestro horario de sueño, aunque no causa un impacto tan significativo como el jet lag social», aclara.

Uno de los factores que contribuyen a la disminución del rendimiento es la incidencia en los ritmos cronobiológicos. «La primera noche dormimos una hora menos, lo que afecta el nivel de reparación del cerebro, que ocurre durante el sueño. El descanso es fundamental para la consolidación de la memoria y la regulación emocional, por lo que su interrupción se traduce en mayor fatiga, peor concentración y una gestión emocional más limitada», explica Nayara Ortega.

El nuevo horario no afecta a todos los grupos poblacionales por igual. Las personas con trabajos a turnos son las más afectadas, ya que ya enfrentan una desincronización del sueño que complica aún más la adaptación. También pueden verse impactados los niños y estudiantes, cuyo rendimiento cognitivo es crucial en su día a día. Asimismo, las personas mayores pueden tener más dificultades para reajustar sus rutinas y experimentar desorientación respecto a la hora de las comidas.

Para mitigar estos efectos, Ortega recomienda adoptar medidas progresivas que faciliten la adaptación, como adelantar entre 15 y 20 minutos la hora de acostarse, evitar comidas copiosas antes de dormir y limitar el uso de dispositivos electrónicos en las horas previas al descanso. También sugiere aprovechar la luz natural como regulador biológico: «La exposición al sol por la mañana ayuda a reajustar el reloj interno y favorece un descanso más adecuado por la noche».

Generalmente, el organismo necesita entre tres y siete días para adaptarse al nuevo horario. Sin embargo, la especialista destaca que el cambio también puede afectar el estado de ánimo, aunque de manera diferente según cada persona y su estilo de vida. Aquellos que disfrutan de actividades sociales por la tarde suelen sentirse más cómodos y felices, mientras que quienes prefieren rutinas más tempranas pueden experimentar cierto desánimo al levantarse y notar que todavía no ha salido el sol. «Todo depende de cada persona. En cualquier caso, es vital no retrasar los horarios de las comidas, especialmente por la noche, para no perjudicar la calidad del sueño», concluye.

Redacción

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