El prime time en España ha sufrido un notable declive, dejando atrás los tiempos en que congregaba a grandes audiencias. Hoy en día, los espectadores, antes de irse a dormir, tienen múltiples opciones que les permiten elegir entre una amplia variedad de contenidos, lo que les lleva a optar por formatos bajo demanda. Esta situación se complica aún más con la distracción constante que ofrecen los dispositivos móviles, que facilitan el doomscrolling de videos y memes.
La competencia en este ámbito es tan abrumadora que resulta casi infinita. La franja horaria que tradicionalmente se conoce como prime time, que comienza pasadas las once de la noche, debe captar la atención de una audiencia que ya se encuentra en un estado de somnolencia. Para lograrlo, puede depender de la familiaridad y compañía que proporciona el televisor o de un atractivo llamativo, ya sea a través de morbo, eventos o provocaciones.
Las reglas del espectáculo parecen haberse intensificado con el tiempo. En este contexto, Dani Rovira se ha convertido en la última «víctima» de unas cuotas de audiencia cada vez más disputadas. Sin intención de ser cruel, es evidente que su conexión con el público ha disminuido y muchos de sus seguidores han perdido el interés que antes le mostraban. Este es un fenómeno habitual que ocurre con el paso del tiempo.
Cuando un programa se basa en una marca personal, como es el caso de Rovira, es esencial que el presentador tenga la capacidad de atraer por sí mismo a la audiencia. Si esto no sucede, las posibilidades de que el público se interese son prácticamente nulas. Un formato que se encuentra en fase de rodaje se arriesga a mucho con una sola carta. El programa que fue cancelado, Al margen de todo, es solo uno de tantos formatos similares que han visto caer sus índices de audiencia. En definitiva, todo parece converger hacia una homogeneidad que hace que los contenidos se asemejen entre sí.














