Las comidas escolares se perfilan como una de las políticas públicas más efectivas para abordar simultáneamente la desnutrición y el impacto ambiental. Esta es la conclusión principal de una nueva colección de estudios publicada en Lancet Planetary Health, elaborada por el Consorcio de Investigación para la Salud y la Nutrición Escolar y liderada por investigadores de la University College London (UCL).
La investigación subraya que los sistemas alimentarios actuales son responsables de casi un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano, a la vez que están estrechamente relacionados con el aumento de la desnutrición y las enfermedades asociadas a la dieta. En este contexto, los programas nacionales de comidas escolares representan una oportunidad única, ya que alimentan diariamente a 466 millones de niños en todo el mundo, lo que equivale aproximadamente al 70 % del sistema alimentario público global. Esto otorga a los gobiernos una capacidad de intervención sin precedentes.
Un estudio de modelización global, liderado por el profesor Marco Springmann del Instituto de Salud Global de la UCL, estima que ofrecer una comida escolar saludable y sostenible a todos los niños antes de 2030 podría reducir la desnutrición mundial en un 24 %. En términos absolutos, esto implicaría que 120 millones de personas dejarían de sufrir carencias de vitaminas, minerales y energía esenciales. No obstante, los beneficios de estas políticas no se limitan a la infancia.
Si los hábitos alimentarios adquiridos en la escuela se mantienen en la edad adulta, se podrían evitar más de un millón de muertes anuales por enfermedades relacionadas con la dieta, como la diabetes o las patologías coronarias. Además, la transición hacia menús más ricos en alimentos de origen vegetal y con menor presencia de carne y lácteos podría reducir hasta un 50 % los impactos ambientales asociados a la alimentación, incluidas las emisiones y el uso del suelo.
Los investigadores destacan que los ahorros derivados de la mejora de la salud pública y de la reducción de emisiones podrían compensar en gran medida la inversión necesaria para ampliar estos programas. Un dato revelador indica que, en la actualidad, solo uno de cada cinco niños en el mundo recibe una comida escolar.
Para facilitar la implementación de cambios, la colección propone un marco de actuación basado en cuatro pilares: menús saludables, diversos y culturalmente adecuados; métodos de cocina limpios y modernos; reducción del desperdicio alimentario; y educación alimentaria integral que involucre a escuelas, familias y comunidades.
Según la doctora Silvia Pastorino, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, las comidas escolares pueden ser mucho más que una política nutricional: “Son una herramienta poderosa para transformar los sistemas alimentarios y construir un futuro más saludable y sostenible”. La evidencia, concluyen los autores, es contundente: invertir en comidas escolares saludables no solo es posible, sino también rentable y estratégico a largo plazo.









