La conciliación familiar se ha convertido en un tema crucial en el ámbito laboral, especialmente para muchas mujeres que, como es mi caso, han tenido que dejar sus empleos al quedarse embarazadas. En mi experiencia personal, estuve alejada del trabajo durante ocho años, dedicándome al cuidado de mi familia. No todas cuentan con la suerte de tener ayuda cercana, lo que a menudo implica la necesidad de contratar a alguien externo. Esto puede resultar en que los gastos de esa ayuda se equiparen a los ingresos, generando dudas sobre si vale la pena estar fuera de casa todo el día.
Tras un tiempo, logré encontrar un empleo que se ajustaba a mis necesidades. Aunque no era una jornada completa, el horario coincidía con el de mis hijos y no requería mucha colaboración. Sin embargo, al finalizar el curso escolar, también terminó mi puesto de trabajo. Cuando ya pensaba que no podría regresar al ámbito laboral, unas amigas me ofrecieron una oportunidad temporal, que se adaptaba perfectamente a mi horario. El único inconveniente era que mi permanencia dependía del regreso de otra persona, quien no estaba en las mejores condiciones de salud. A pesar de las peculiaridades del lugar de trabajo, decidí aceptar la oferta, ya que conocía a mis compañeros y el ambiente era agradable.
No obstante, las expectativas no se materializaron como esperaba. Surgieron problemas que afectaron mi bienestar mental, lo que me llevó a entender la situación de otros compañeros que atravesaban desafíos similares. Aunque la situación no era normal, no se tomaron medidas al respecto. Intenté recuperarme, a pesar de saber que mis antiguos compañeros y amigas ya no estaban allí por circunstancias ajenas a ellos, ya que necesitaba trabajar. En mi regreso, se suponía que mi jornada sería la acordada, pero pronto me di cuenta de que estaba equivocada.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al comunicar mi regreso y solicitar el disfrute de mis vacaciones pendientes, me informaron que el cronograma que me presentaron era incompatible con mis necesidades. Solicité formalmente la adaptación de mi jornada según la ley, pero tras veinte días recibí una respuesta negativa sin ninguna explicación o posibilidad de negociación. Me encontré en una situación complicada. Aunque sabía que podía recurrir la decisión, debía cumplir con un horario que se tornaba inviable para mí. Tras valorarlo detenidamente, decidí presentar mi baja voluntaria, asumiendo las consecuencias que esto conllevaba.
A pesar de lo sucedido, mantengo una perspectiva optimista. Creo que esto es simplemente una prueba y que lo que vendrá será mucho mejor. Encontré una frase que resonó conmigo y que creo que refleja mi situación actual: «Algunas tormentas vienen solo para probar la fuerza de nuestras raíces».
¡Felices Pascuas!
Belén Mézcua
Escritora
Autora de «El sauce que se convirtió en narciso», mayo 2025.













