Ignacio Sánchez Cámara conmemora hoy la resurrección de Jesucristo, quien fue ejecutado en la cruz. Este evento es considerado el más significativo del cristianismo. Nuestra fe se asienta en la certeza, a menudo amenazada por la duda, sobre verdades sorprendentes: Dios se hizo humano para salvar a la humanidad, fue crucificado y resucitó al tercer día. Su resurrección representa la promesa de nuestra inmortalidad.
El cristianismo trasciende ser solo un estilo de vida; garantiza ya el reino de Dios en la tierra y, con ello, nuestra felicidad. Sin embargo, el camino hacia la inmortalidad requiere atravesar el sufrimiento y la muerte. Las lágrimas son parte de este proceso. Erik Varden, un monje trapense y obispo noruego, en su obra «Heridas que curan», relata que antes de convertirse en monje, recibió una inquietante imagen de un fresco en una cripta belga. Este fresco representa a un monje crucificado con la leyenda «El monje crucificado». La remitente de la imagen anotó: «Esta es la representación de un hombre tan unido a Cristo que no lo ve desde lejos, sino que observa el mundo a través de los ojos de Cristo crucificado».
Este concepto resuena con el lema que Beethoven incluyó en la partitura de su Novena Sinfonía: «A la alegría, por el dolor». La realidad europea, en gran parte, se asemeja a un sepulcro vacío. George Steiner describió rasgos de la realidad europea que culminan en los cafés, posiblemente porque estos son herederos de la antigua sabiduría rabínica. Personalmente, creo que la esencia de Europa se revela cuando nos acercamos a una de sus poblaciones y observamos, sobre el paisaje y a menudo junto a un castillo, un campanario coronado por una cruz.
Europa, como heredera del cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano, enfrenta una crisis espiritual debido al olvido y rechazo de esta herencia. Esta civilización, que se difundió por el mundo, trajo consigo la proliferación de cruces. En todos los lugares donde estuvo Europa, se puede encontrar una cruz. La religión cristiana ha dejado una huella indeleble no solo en el ámbito religioso, sino también en la cultura y la política. El lema de la Revolución Francesa, aunque cuestionable, resulta incomprensible sin la influencia del cristianismo: libertad, igualdad y fraternidad.
Entonces, surge la pregunta: ¿por qué ha sido el cristianismo tan a menudo objeto de odio y persecución? Como lo anticipó su fundador, ser cristiano representa la máxima alegría y el mayor riesgo. La disminución de la relevancia del cristianismo ha conllevado una decadencia tanto intelectual como moral. Actualmente, Europa parece desmoralizada, y lo que se presenta como moral a menudo es solo un sucedáneo vacío o fragmentos de un naufragio que urge recomponer.
No se trata de restaurar una Cristiandad, sino de preservar la vigencia de los principios de la civilización cristiana. Estos fundamentos son esenciales para garantizar la dignidad humana, la libertad y el pluralismo. Cualquier intento de imponer el cristianismo por la fuerza va en contra de la voluntad de su fundador. La resurrección de Cristo es la fiesta más importante del cristianismo y el pilar de nuestra esperanza en que el ser humano es un ente destinado a la vida eterna.














