En discusiones cotidianas, tanto en redes sociales como en conversaciones presenciales, es común que cuando los ánimos se elevan y los argumentos flaquean, alguien lance la frase «no tienes la verdad absoluta». A simple vista parece una refutación, pero en realidad es un recurso para terminar el diálogo, un mecanismo para desarmar cualquier cuestionamiento sin necesidad de argumentar más.
Quien utiliza esta expresión suele sentirse acorralado y busca que el interlocutor se calle, disfrazando así una acusación de arrogancia. Sin embargo, es importante analizar quién realmente está imponiendo su voz: no es quien recibe la frase, sino quien la lanza para abortar cualquier intento de diálogo constructivo. Suele ser quien comenzó con un discurso contundente, y cuando percibe que la otra parte defiende sus ideas con igual firmeza, recurre al comodín de la «verdad absoluta» para evitar perder terreno.
Además, ni siquiera existe un concepto claro o universal sobre lo que implica «verdad absoluta». Ni el que lanza esa expresión ni nadie puede definirla con precisión. En la película Algunos hombres buenos, el personaje interpretado por Tom Cruise ejemplifica esta idea cuando critica la ineficacia de protestar «enérgicamente» ante un juez, mostrando que añadir adjetivos no garantiza la aceptación de un argumento.
En esencia, señalar a alguien de defender una «verdad absoluta» es una manera de evidenciar que se han agotado los argumentos propios. La verdad, entendida como adecuación a la realidad, no es algo inmutable ni definitivo. Los conocimientos que hoy consideramos ciertos, como que el agua hierve a 100 °C al nivel del mar o que Shakespeare escribió Hamlet, son verdades provisionales sujetas a revisión y matices futuros.
El problema surge cuando usamos esa expresión para coronarnos como jueces absolutos, imponiendo una supuesta superioridad intelectual que en realidad no existe. La verdad no se impone, se busca a través del razonamiento, la evidencia y el diálogo.
Por desgracia, en muchos debates la actitud de los participantes no es cooperativa sino combativa. En lugar de abrirse a la corrección y al aprendizaje, se defienden posturas con obstinación, lo que empobrece la conversación. Como apuntaba Voltaire, «la duda es incómoda, pero la certeza ridícula».
Las redes sociales, aunque no son el mejor lugar para profundizar en discusiones, se han convertido en la nueva plaza pública donde se libran numerosos debates. Aprender a discrepar con respeto y sin estridencias es un arte similar a bailar sevillanas: al principio se tropieza, después se gana soltura, y finalmente parece que siempre se supieron los pasos.
Abandonar la pretensión de poseer una verdad absoluta y aceptar la complejidad del conocimiento es fundamental para mejorar el diálogo y la convivencia en una sociedad plural.














