Hace seis años, mi Santa y yo estábamos viendo «La ventana indiscreta» en medio del confinamiento que marcó un periodo crítico en nuestras vidas. Esta experiencia cinematográfica resonó profundamente con la realidad que estábamos viviendo. Durante la pandemia, mantuve un diario, y al revisarlo me encontré reflexionando sobre el impacto del coronavirus en nuestra rutina diaria y en el entorno hospitalario.
Recuerdo que, en ese momento, la UCI estaba colapsada. La angustia era palpable, y la sensación de impotencia se adueñaba de nosotros al ver cómo los pacientes, con pulmones gravemente afectados, no mostraban señales de mejoría. Sin embargo, había momentos de esperanza, como cuando uno de nuestros pacientes logró respirar por sí mismo tras un largo ingreso. Su alegría, al poder comunicarse con su esposa por videollamada, fue un alivio en medio de la tragedia.
En casa, mi Santa y yo nos adaptamos a nuestra nueva realidad. Establecimos una rutina que incluía leer, ver películas clásicas y hacer ejercicio en una bicicleta estática que adquirimos tras una exhaustiva búsqueda de opciones. Recuerdo haber reflexionado sobre aquellos que no tenían la misma suerte, quienes estaban confinados sin una salida o una actividad que les aportara algo de normalidad.
Una de las experiencias más impactantes fue mi primera visita al supermercado durante el confinamiento. La cola silenciosa y la tensión en el ambiente me hicieron sentir como si estuviera en un escenario distópico. La presión social me llevó a sentirme observado, y las dudas sobre cómo debía actuar se multiplicaban. La desinfección de los productos se convirtió en una obsesión, a pesar de que sabía que el contagio por superficies era poco probable.
Al regresar a casa, compartí con mi Santa lo estresante que había sido esa experiencia. Esa noche, mientras veíamos «La ventana indiscreta», me di cuenta de las similitudes entre la película y nuestra situación. El protagonista, James Stewart, espiaba a sus vecinos desde su apartamento, algo que muchos de nosotros hicimos durante el confinamiento, observando a nuestros vecinos desde las ventanas.
La película, dirigida por Alfred Hitchcock, refleja un encierro que, aunque ficticio, resonaba con nuestra realidad. Stewart se convierte en un «policía de balcón», al igual que muchos de nosotros, que vigilábamos a los demás y denunciábamos lo que considerábamos transgresiones a las normas impuestas por la pandemia. A medida que la trama avanza, la historia de sus vecinos se convierte en un espejo de nuestras propias vidas, atrapadas entre paredes y luchando contra la soledad.
Finalmente, al concluir la película, me quedé pensando en el futuro. La incertidumbre sobre si habría una segunda ola de contagios nos mantenía en un estado de alerta constante. Aquella noche, recordé que, aunque estábamos inmersos en una situación desesperante, la conexión humana seguía siendo esencial, y el arte, como el cine, nos ofrecía una vía para reflexionar sobre lo que estábamos viviendo.













