Hace varias generaciones, la cerveza no era la bebida habitual en España. En su lugar, se consumían mostos, vinos blancos y tintos, así como vinos fortificados provenientes de Jerez y Córdoba. También se consumían licores fuertes, algunos incluso con sustancias metílicas que podían afectar la vista. Por eso, la expresión «cogerse un ciego» se usaba para describir a quienes se embriagaban hasta perder el control, lloraban y provocaban peleas. En aquella época, el consumo de cerveza era muy limitado.
De norte a sur, la afición taurina superaba en pasión a la futbolística. Los jóvenes aficionados, bautizados como «toricantanos» por Quevedo, rechazaban la herencia de la miseria y se entregaban a la tauromaquia con fervor. Personalmente, recuerdo que mi abuelo me regaló durante dos temporadas un abono para la Grada del 9 en una plaza de toros, un espacio reservado para jubilados y estudiantes, muy cerca de los músicos cuyo director controlaba el ritmo de los pasodobles y señalaba al torero cuando cometía errores.
En esas tardes, se podían ver figuras legendarias como El Viti, Puerta, Manili, Capea y Manzanares ejecutando pases y suertes suprema. Paquirri destacaba con las banderillas y el estoque. Recuerdo también una cogida que sufrió un torero de Zahara de los Atunes, similar a la mortal herida que sufrió Avispado en Pozoblanco. En la memoria queda un domingo de feria, bajo un aguacero, cuando mi abuela y yo nos refugiamos bajo un paraguas mientras muchos ya abandonaban la plaza. Mi madre, viuda taurina y seguidora del Betis, compartía otro paraguas con su padre, una escena que reflejaba la incomodidad de las plazas en días de lluvia.
En el último toro, un ejemplar Miura cárdeno de más de 600 kilos, criado en libertad como un Apolo, fue lidiado por Antonio José Galán, peluquero de Bujalance, quien decidió descalzarse para evitar resbalones. Le cortó las orejas al astado sin saber que ese animal tendría un destino fatal. Hoy, ya no asisto ni a plazas ni a estadios y prefiero la cerveza al vino. El tiempo pasa rápido, como las almohadillas con la Cruz Roja que se estampaban al retirarse figuras como Curro o Paula tras una mala tarde, algo común en esta tradición.
La tauromaquia no es patrimonio exclusivo de la derecha ni del ejército, como a veces se afirma sin fundamento. Tampoco es aceptable consumir pavo de granja intensiva, procesado y presentado como saludable, ignorando la crueldad de su crianza. Criticar la tauromaquia mientras se toleran estas prácticas refleja una moral indolente. La hipocresía, término que en griego significa «teatro con máscara», sigue vigente en muchos debates sociales.














