Arturo Pérez-Reverte ha lanzado un enérgico cuestionamiento sobre la percepción actual de la Guerra Civil española en una reciente entrevista. En ella, pone de relieve la falta de comprensión y la manipulación política que rodea a este conflicto histórico, subrayando que la guerra no debe ser utilizada como un arma arrojadiza.
El autor de Enviado especial (Alfaguara, 2026) critica a aquellos que, según él, no han leído sobre el tema y que convierten la memoria de la guerra en una herramienta política. «Lo hace gente que no ha leído nada. Esa tragedia empezó con Zapatero«, afirmó, aludiendo a cómo el expresidente español utilizó la memoria histórica en su agenda política.
Pérez-Reverte también reflexiona sobre su propia experiencia familiar, revelando que tanto su abuelo como su tío lucharon por la República. Su abuelo, tras ser encarcelado por su lealtad, sufrió las consecuencias de la represión franquista y fue privado de trabajo durante años. Su tío, Lorenzo, combatió en el frente, donde resultó herido y falleció poco después de la guerra.
El autor recuerda que, a pesar de que su familia vivió la guerra, nunca se habló de ella en su hogar, una decisión que buscaba proteger a las generaciones más jóvenes del rencor y el dolor. «En mi casa no se hablaba de la guerra. Quisieron mantenernos lejos de la desolación», explicó.
En cuanto a la relación entre la educación nacionalcatólica y la memoria republicana, Pérez-Reverte sostiene que en su contexto familiar no existía una convivencia abierta, ya que los recuerdos eran silenciados para evitar el resentimiento.
El escritor considera que las guerras civiles son más crueles, puesto que surgen de conflictos personales y rencores familiares que se trasladan a la sociedad. «En las guerras civiles, la parte más oscura del ser humano se atisba con más nitidez», afirmó, señalando que este fenómeno no se observa con la misma intensidad en otros conflictos bélicos.
En su novela Línea de fuego, Pérez-Reverte busca rendir homenaje a los soldados que lucharon en el frente, distanciándose de las atrocidades que ocurrían en las retaguardias y resaltando la valentía de aquellos que combatían en el campo de batalla.
Finalmente, el autor lamenta la falta de referentes morales en el discurso político actual, planteando que «la guerra debe ser contada por historiadores, no por políticos», indicando que el relato que se hace hoy en día está distorsionado y no se corresponde con la realidad histórica.














