La lectura de las memorias de Pauline de Pange nos transporta a la obra de Carlos Pujol, quien falleció hace catorce años. Este año habría cumplido noventa años, y su libro «1900» sigue siendo un referente. Pujol, reconocido editor, escritor y crítico de Barcelona, también se destacó como traductor y poeta.
«1900» es una colección de relatos que fue publicada en la segunda mitad de los años ochenta y que todavía puede encontrarse en librerías de viejo. La obra resulta engañosa, ya que ofrece mucho más de lo que aparenta. En sus palabras preliminares, Pujol menciona que no busca ofrecer una crónica o un análisis exhaustivo de los hechos, sino reunir «de un modo libre y estilizado, muy subjetivo y en consecuencia caprichoso», algunos de los eventos que marcaron ese fin de siglo.
El autor poseía una sensibilidad única hacia la Historia, lo que convierte su compendio de miniaturas en una obra creativa, más que en un mero ejercicio de divulgación. A través de sucesos reales, logra sumergir al lector en la atmósfera de la Belle Époque, retratada en el emblemático año de la Exposición Universal de París, que coincide con la publicación de «La interpretación de los sueños» de Freud y las muertes de Wilde y Nietzsche.
El recorrido de «1900» comienza y finaliza con una figura central de la época, Victoria de Inglaterra, quien era la reina de Gran Bretaña y emperatriz de la India. En ese momento, se encontraba en un estado de fragilidad, sufriendo por los acontecimientos de la segunda guerra de los bóers. Su traslado a Osborne House en la isla de Wight en diciembre de 1900 sería el último antes de su fallecimiento en enero de 1901.
Muchos de los mitos del Novecientos tienen sus raíces en el siglo anterior y se extienden hasta bien entrado el XX, el cual, como se dice, no comenzaría realmente hasta el brutal corte de la Gran Guerra. Se trata de una época que, hoy en día, parece estar muchísimo más alejada que cuando leímos este libro, que es un verdadero modelo en su modesta presentación.
Como señala Paul Morand, es «como un viaje para trazar el mapa de un continente desaparecido del cual solo emergen unos cuantos sombreros de copa». En efecto, es un viaje no solo en el espacio, sino también a través de una cartografía que ya no existe, en busca de lo que Pujol definía como la poesía del tiempo perdido.














