Un lector atento me escribió recientemente sobre cómo el cine neorrealista italiano ayudó a forjar el mito de la Constitución republicana, creando una estética de «nosotros» donde el pueblo se reconocía como un sujeto legítimo tras el régimen fascista. Como señala Josu de Miguel, por un efecto casi mágico, todos los italianos se convirtieron en partisanos. Este mismo lector mencionó la existencia de un cine de la Transición en España, sugiriendo que sin él sería difícil comprender ese período de nuestra historia. Estoy de acuerdo con esta afirmación, aunque también creo que la cinematografía de la Transición no logró ofrecer una estética o mitología compartida que diera identidad al nuevo orden político.
El motivo de esta ausencia radica en que aquel cine, y podríamos decir aquella cultura, tuvo como objetivo principal liberar el yo en lugar de construir un «nosotros». Por lo tanto, las películas que abordan este periodo frecuentemente se centran en irreverencias sexuales y travestismos, como «Pepi, Luci y Bon», «Ocaña, Vestida de Azul», relatos sobre hijos ingratos y la descomposición familiar en «El desencanto», o la búsqueda del paraíso personal a través de las drogas en «Arrebato» y «El pico». No hay un retrato más revelador de la sumisión de lo político a la libertad individual que el que ofrece el notable Gonzalo García Pelayo en «Vivir en Sevilla». En esta película, el plano de Ana Bernal, heroína sexual, leyendo con desdén artículos de la recién aprobada Constitución mientras conversa con uno de sus amantes, se convierte en la mejor alegoría de esa adhesión puramente liberadora al nuevo orden.
Podríamos decir que el cine de la Transición es más un cine para españoles ávidos que un cine que represente a la nación. No obstante, esto no implica que no existiera un cine en el que el pueblo pudiera reconocerse sin máscaras. En 1957, José Bergamín, tras ver «Calabozo» de Berlanga en París, afirmó que aquella película «nos hablaba de lo español, en ese bárbaro españolísimo lenguaje cinematográfico». Este tipo de cine, que nos permitía mirarnos de nuevo, tenía raíces republicanas y se desarrolló, como un peregrino en el exilio, durante la propia dictadura franquista.
Sería fundamental explicar de manera ordenada por qué se perdió esta tradición estética del «nosotros». Este análisis queda en manos de los críticos Alfonso Crespo y Manuel Lombardo. Sin embargo, parece que este año tampoco será el indicado para ello. Ambos han fallecido en Sevilla y, como todos sabemos, aquí lo que no se ha hecho antes del Domingo de Resurrección ya no podrá llevarse a cabo en las estaciones siguientes, ni en la del calor ni en la de Navidad.














