Durante siglos, las reinas que desafiaban las normas fueron etiquetadas como infieles. Esta acusación, sin necesidad de pruebas, se convirtió en una herramienta política poderosa. La historia, casi siempre narrada desde una perspectiva masculina, utilizó la sospecha moral para desacreditar a mujeres que aspiraban al poder. En este contexto, Carmen Gallardo rescata en su obra «Reinas infieles» a doce mujeres cuya memoria ha sido distorsionada por este estigma. Lo relevante no es si realmente fueron infieles, sino cómo funcionaba este mecanismo de deslegitimación.
En una sociedad donde la legitimidad dinástica dependía del linaje femenino, cuestionar la fidelidad de una reina equivalía a cuestionar su derecho al trono. Mientras que los hombres podían tener amantes, las mujeres no podían permitirse ni la más mínima sospecha. Los matrimonios de la época eran alianzas estratégicas, lejos del ideal romántico actual, y las reinas desempeñaban un papel crucial en la política europea, sellando tratados y garantizando herederos.
Entre estas figuras destaca Juana de Portugal, conocida como Juana la Beltraneja. Nacida en Madrid en 1462 y reconocida como hija de Enrique IV, su historia quedó marcada por las narrativas que la precedieron. Si Juana hubiera sido coronada en lugar de Isabel la Católica, ¿cómo habría cambiado la historia? La muerte de Enrique IV el 11 de diciembre de 1474 desató una lucha por la legitimidad en Castilla, donde cada movimiento era simbólicamente significativo.
Juana fue proclamada reina por sus partidarios, pero Isabel ocupó el espacio de poder el 13 de diciembre de 1474, proclamándose ella misma reina en Segovia. Esta acción no fue un capricho, sino una maniobra política astuta. El poder, entendió Isabel, no espera a que se resuelvan las legalidades. Desde ese momento, la propaganda se utilizó con precisión para debilitar a Juana, utilizando el apodo «la Beltraneja» como un ataque a su legitimidad.
Isabel no fue la creadora del conflicto; heredó una situación compleja del reinado de Enrique IV y de una nobleza desafiante. Su fortaleza radicaba en su capacidad para comprender el contexto político y consolidar su matrimonio con Fernando de Aragón como un proyecto estratégico. La entrada de Portugal en la contienda en 1475, a través del matrimonio entre Juana y Alfonso V, convirtió la disputa castellana en un asunto europeo.
La batalla de Toro, en marzo de 1476, resultó ambigua militarmente, pero decisiva políticamente, permitiendo a Isabel proyectar una imagen de estabilidad necesaria para consolidar su poder. La Guerra de Sucesión Castellana fue, en esencia, una lucha por el relato tanto como por el trono. El Tratado de Alcáçovas de 1479 selló el destino de Juana, quien renunció a sus derechos y se retiró a un convento, donde vivió hasta su muerte en 1530.
La historia de Juana no se puede reducir a un relato simplista de una reina cruel frente a una joven inocente. Se trató de dos mujeres atrapadas en un sistema que las obligaba a competir por el poder en términos que a menudo resultan incómodos. Isabel, lejos de ser despiadada, fue una estratega brillante que supo aprovechar su contexto histórico para consolidar su poder. En esa maniobra, comenzó a forjar no solo una corona, sino un relato que perduraría en la memoria colectiva sobre el poder y la legitimidad de las mujeres.













