En el año 115, las tribus del norte de Inglaterra se levantaron contra la ocupación romana, logrando una victoria crucial al derrotar a la guarnición en Ebucarum, cerca de la actual York. La respuesta del emperador Adriano, originario de Hispania, fue inmediata: ordenó la construcción de un muro en el Golfo de Solway, conocido como el Muro de Adriano, que se extendía más de 100 kilómetros y serviría como bastión defensivo del Imperio Romano hasta el siglo IV.
Durante los tres siglos que siguieron, los soldados romanos destacados en esta línea militar no solo enfrentaron la resistencia de las poblaciones locales, sino también un enemigo más insidioso: los parásitos intestinales. Un reciente estudio realizado por investigadores de las universidades de Cambridge y Oxford, publicado en la revista ‘Parasitology’, revela que estos soldados estaban infestados por tres tipos de parásitos que comprometían su salud y, por ende, su capacidad de vigilancia: ascárides, tricocefalos y Giardia duodenalis.
Desnutrición y enfermedad entre las tropas
La doctora Marissa Ledger explica que “los tres tipos de parásitos que encontramos podrían haber provocado desnutrición y causar diarrea en algunos de los soldados romanos”. Los ascaris, que son nematodos, pueden provocar serios problemas intestinales, mientras que los tricocefalos suelen causar anemia severa. Por su parte, Giardia puede llevar a una diarrea intensa, que si no se trata, puede resultar fatal, especialmente para personas con sistemas inmunitarios debilitados.
Los hallazgos se produjeron en el yacimiento de Vindolanda, donde se descubrieron más de mil tablillas de madera que documentan la vida diaria en el fuerte. Este lugar también contaba con un sistema de letrinas que desaguaban en un arroyo cercano. Aproximadamente el 28% de las muestras recogidas en este sistema de alcantarillado contenían huevos de ascaris o tricocefalos, lo que evidencia la mala calidad sanitaria en la que vivían los soldados.
Condiciones de vida y beneficios de los militares
A pesar de las duras condiciones de salud, la situación de los soldados romanos era, en muchos aspectos, mejor que la de la mayoría de los ciudadanos del Imperio. Contaban con comida y alojamiento asegurados y, aunque podían enfrentar el combate, recibían un salario de un denario diario, equivalente al salario de un buen artesano, pero con la ventaja de una estabilidad laboral durante todo el año.
El ejército retenía parte de este dinero para ser entregado al finalizar el servicio, pero los soldados aún disponían de dos o tres ases, lo que les permitía comprar pan, vino o queso. Para ponerlo en contexto, el 65% de la población del Imperio vivía al límite de la subsistencia, y la calidad de vida en Roma era comparable a la de las ciudades actuales del Tercer Mundo.
Adicionalmente, los soldados estaban exentos de muchos impuestos y gozaban de protección legal que les libraba de castigos severos en caso de cometer delitos. Sin embargo, para ingresar al ejército debían cumplir con ciertos requisitos, como medir al menos 1,65 metros y no estar casados, con un compromiso de servicio que oscilaba entre 20 y 25 años.
En resumen, aunque los soldados romanos en Britania enfrentaron retos significativos, como los parásitos intestinales y las condiciones de vida difíciles, también disfrutaron de ventajas que les otorgaban una estabilidad inalcanzable para muchos de sus contemporáneos en el Imperio. La complejidad de su existencia revela las múltiples facetas de la vida militar en la antigua Roma.





