Desde los incidentes ocurridos durante la Semana Santa del 2000, se han intensificado las medidas de seguridad en las calles de Sevilla. La memoria colectiva, marcada por el temor al «y si», ha llevado a que cualquier ruido o movimiento inusual genere alarma. Es comprensible que el Ayuntamiento y las fuerzas de seguridad implementen regulaciones especiales en estas fechas, aunque algunas de ellas no logran evitar que ciertos individuos actúen de manera inapropiada.
En este contexto, la atención se centra en las normativas que afectan a los bares. En su momento, se llegó a establecer la denominada «Ley Seca», pero en años recientes ha habido una flexibilización que, afortunadamente, no ha derivado en un incremento de incidentes. En 2025, el Consistorio comenzó a relajar algunas restricciones, y para 2026 se han dado pasos adicionales, especialmente en lo que respecta al consumo en las terrazas.
A pesar de esto, persisten ciertas medidas que podrían eliminarse sin que afectara el desarrollo de las cofradías. Es fundamental que se recojan las terrazas durante el paso de las hermandades y que no se permita el consumo de alcohol en vasos de plástico en los locales. Además, se espera que los bares apaguen las luces de sus carteles al llegar el primer nazareno. Hasta aquí, hay consenso entre las partes involucradas.
Sin embargo, es evidente que los problemas que surgen durante la Semana Santa no provienen de la hostelería, sino de la calle y de las propias hermandades. Retrasos, el excesivo número de participantes en los cortejos y ciertos incidentes no están relacionados con los restaurantes de Sevilla. Estos establecimientos son esenciales para la economía local y, en tiempos de festividades, se convierten en espacios donde la gente puede refugiarse y recobrar energías, además de disfrutar de una buena comida.
Por esta razón, de cara a 2027, sería prudente seguir avanzando hacia una normalidad plena en la regulación de estas actividades.














