La espera por la nueva estación de Gijón se ha convertido en un tema de frustración para sus ciudadanos. Mientras que el Coliseo romano tardó diez años en completarse, el Partenón de Atenas requirió quince y la Gran Pirámide de Guiza 25, los quince años que llevamos esperando en Gijón parecen un asunto menor. Sin embargo, la situación se vuelve más preocupante al observar que no estamos lejos de los 140 años que ha llevado la construcción de la Sagrada Familia en Barcelona.
El autor contemporáneo David Uclés también tardó quince años en escribir su obra «La península de las casas vacías». Así que, en lugar de desesperarse, los ciudadanos deberían mirar al cielo, disfrutar de la primavera y escuchar el canto de los pájaros, ya que este domingo se cambiará la hora.
La estación provisional que se construyó inicialmente tenía una vida útil estimada de cinco años, pero ya lleva quince años como un símbolo de fracasos y desventuras en torno al anhelado plan de vías de Gijón. He tenido la oportunidad de conocer cuatro estaciones de tren en la ciudad y aún no he cumplido los 59 años, lo cual es un privilegio que pocos españoles pueden afirmar en su trayectoria.
Sin lugar a dudas, los responsables de Gijón merecen nuestro aplauso por continuar con sus intentos de realizar proyectos mientras los ciudadanos se debaten con esta bochornosa realidad. Espero tener la oportunidad de conocer la quinta estación y poder borrar de mi memoria el maldito apeadero que ha generado tanta vergüenza.














