La abadía de Vaux le Cernay, situada en las afueras de París, se transformó en el centro de intensas discusiones diplomáticas durante la reunión de ministros de Asuntos Exteriores del G7, que concluyó el viernes pasado. Esta cumbre estuvo marcada por la influencia del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien ha reconfigurado las expectativas en torno a los conflictos de Irán y Ucrania.
Uno de los puntos más destacados de la reunión fue la afirmación de Rubio sobre el conflicto en Irán. Aseguró que la guerra en esa región podría finalizar en cuestión de semanas, afirmando que, al concluir la operación militar, Irán estaría más debilitado que nunca y sin la capacidad de ocultar su arsenal o desarrollar armas nucleares. Esta postura se enmarca en un contexto donde el G7 planea apoyar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) en la próxima conferencia de revisión en Nueva York, buscando un equilibrio entre la acción militar y el marco legal internacional.
El momento más tenso de la cumbre no fue con los adversarios, sino con un aliado estratégico. Rubio desmintió las afirmaciones del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, sobre supuestas condiciones impuestas por Washington para ofrecer garantías de seguridad a Ucrania. El secretario de Estado catalogó de «mentira» la idea de que el apoyo estadounidense esté condicionado a que Ucrania renuncie al Donbás. Rubio especificó que las garantías de seguridad solo se activarán tras la finalización del conflicto, aunque advirtió que la paz requerirá concesiones de ambas partes. «Si Ucrania no quiere hacer ciertas concesiones, la guerra seguirá», advirtió, responsabilizando a ambos bandos por el estancamiento.
Además, la declaración de Rubio sobre la logística de armamento generó inquietudes en Europa. Al ser cuestionado sobre el posible desvío de armamento de Ucrania hacia Oriente Medio, fue claro: «Son nuestras armas», indicando que las necesidades de defensa nacional de EE.UU. tendrán siempre la máxima prioridad.
En otro punto de la reunión, el ministro de Exteriores ucraniano, Andri Sybiga, denunció una colaboración peligrosa entre Vladimir Putin y el régimen iraní, afirmando que Rusia no solo proporciona inteligencia a Irán, sino también drones de combate, mientras que Teherán, a su vez, socava la seguridad europea. Esta observación fue respaldada por la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, quien advirtió sobre el uso de inteligencia rusa que permite a Irán atacar objetivos estadounidenses.
Por su parte, el ministro ruso Serguéi Lavrov rechazó estas acusaciones en una entrevista, aunque admitió la existencia de acuerdos armamentísticos entre ambos países. En este complejo escenario, Francia se centró en la «flota fantasma» rusa, barcos que operan fuera de las normativas internacionales para evadir sanciones, que representan tanto un riesgo ambiental como herramientas de operaciones híbridas que deben ser neutralizadas.
A pesar de que la cumbre estuvo marcada por el trasfondo bélico, el G7 también abordó temas de seguridad global, anunciando una conferencia regional para julio que busca combatir el narcotráfico y el tráfico de armas en el Caribe. Además, se planteó la creación de un grupo de trabajo para mejorar la intercepción de cargamentos de cocaína en el mar, con especial atención en el Golfo de Guinea. En un esfuerzo por ser más autosuficientes, el bloque también acordó fortalecer la trazabilidad y el reciclaje de minerales esenciales para la transición energética y digital.
La cumbre concluyó con un sentido de urgencia y un cambio en las prioridades globales, con un Rubio dispuesto a enfrentar a enemigos y aliados por igual. El mundo ahora observa atentamente el plazo de «dos semanas» que podría cambiar drásticamente el panorama en Oriente Medio, mientras que Ucrania se adapta a un apoyo que ya no es incondicional.












