La desertificación en España ha dejado de ser una mera advertencia para transformarse en una realidad palpable que afecta a una gran parte del territorio nacional. Según datos recientes, el 43,35% de la superficie española sufre algún grado de degradación, con regiones como Murcia, Almería y Albacete alcanzando niveles alarmantes donde más del 80% de su territorio está degradado.
Las estadísticas revelan que cuatro de cada cinco españoles viven en áreas que se consideran áridas. La situación se agrava aún más debido a que el mar Mediterráneo ha experimentado un aumento de temperaturas de hasta dos grados, lo que intensifica el estrés hídrico en el país. Este fenómeno no se limita a las regiones costeras; provincias como Valladolid también están viendo cómo la desertificación avanza sin tregua.
Frente a este panorama desolador, hay regiones como Lugo y otras áreas del norte que se mantienen como los últimos oasis verdes de la península. Según un estudio de la Universidad de Alicante, Lugo no presenta evidencias de degradación del suelo, lo que lo convierte en un refugio climático en medio de la aridez que afecta al resto del país.
A pesar de esta resistencia en el norte, la agricultura intensiva está acelerando la pérdida de suelo fértil, con una degradación que ocurre tres veces más rápido en suelos agrícolas que en forestales. Cada año se pierden, de media, 30 toneladas de suelo por hectárea, superando el umbral crítico de erosión, lo que pone en riesgo la producción agrícola futura.
El uso intensivo de fertilizantes químicos ha permitido que la agricultura nacional resista, pero este enfoque es insostenible a largo plazo, ya que el suelo pierde su capacidad natural de retener agua y nutrientes esenciales. Las proyecciones sobre el clima también son preocupantes; se estima que, para el año 2065, las precipitaciones podrían reducirse en un 14% en varias regiones, lo que transformaría drásticamente los ecosistemas locales.
En términos de infraestructura, España enfrenta un desafío significativo, ya que invierte un 60% menos que la media europea en adaptaciones a sequías recurrentes. A pesar de ser la cuarta potencia mundial en desalinizacion, actualmente solo se aprovecha el 10% del agua regenerada disponible en las ciudades. La tecnología de desalinizacion permite producir agua potable con un costo energético similar al de un frigorífico doméstico, pero es evidente que se requieren esfuerzos más amplios y sostenibles para abordar el creciente problema de la desertificación.














