Las relaciones personales con ambientes o personas tóxicas no solo afectan nuestro bienestar emocional, sino que también pueden acelerar el proceso de envejecimiento, según revela un reciente estudio en el que participa la catedrática Consuelo Borrás, líder del grupo de investigación MiniAging del Instituto de Investigación Sanitaria.
En una entrevista exclusiva, Borrás explica que estos vínculos negativos, presentes en el entorno laboral, familiar o social, no siempre se manifiestan de forma evidente, pero generan un desgaste constante. La presión silenciosa, como la que ejemplifica el personaje Miranda Priestly en El diablo se viste de Prada, o la convivencia con personas que demandan sin descanso, provoca un estrés emocional que, si se mantiene en el tiempo, tiene consecuencias biológicas profundas.
El estudio titulado «Los vínculos sociales negativos como factores emergentes de riesgo para el envejecimiento acelerado, la inflamación y la multimorbilidad» demuestra que este estrés crónico ocasiona un aumento de la inflamación en el organismo, medido con marcadores como la proteína reactiva. Esta inflamación, a su vez, conduce a alteraciones en la metilación del genoma, un proceso que modifica el ADN y contribuye a acelerar la velocidad del envejecimiento.
Consuelo Borrás afirma con rotundidad que «es uno de los primeros estudios que evidencian cómo las relaciones tóxicas modifican nuestro ADN, afectando directamente nuestro organismo, ya sea de manera directa o a través del estrés que generan». Por tanto, no solo influyen factores clásicos como la alimentación o el sueño, sino también la calidad de las relaciones sociales con las que convivimos día a día.
El impacto de estas relaciones, que a menudo se normalizan como parte de la vida cotidiana, va más allá del ámbito psicológico y se traduce en un desgaste físico que puede tener consecuencias en la salud a largo plazo. Así, la ciencia comienza a dar respuesta a cómo el entorno social negativo es un factor clave que influye en el proceso de envejecimiento y en la aparición de enfermedades asociadas.
Este avance subraya la importancia de cuidar no solo los hábitos personales, sino también el entorno social, para preservar la salud y ralentizar el envejecimiento biológico. La investigación de Borrás y su equipo abre la puerta a nuevas estrategias que integren la dimensión social como parte fundamental en la prevención y el cuidado de la salud.














