Entre Messina y Ormuz, la calma y la tormenta de dos estrechos clave

El estrecho de Messina ofrece tranquilidad frente a la tensión geopolítica en Ormuz

En un momento de gran convulsión global, marcado por amenazas que ponen en jaque civilizaciones enteras, he pasado un tiempo en el estrecho de Messina, gracias a la invitación de colegas sicilianos. Este paso marítimo, con una historia que desafió incluso la influencia de Roma, se encuentra en Sicilia, la Magna Grecia, donde todavía se pueden admirar monumentos como los templos griegos de Agrigento y Selinunte, o la catedral de Siracusa que incorpora un templo del siglo V antes de Cristo. La huella griega en esta región es más poderosa que la romana.

En Reggio Calabria, ciudad situada frente a Sicilia, se conservan los famosos broncíneos titanes de Riace, hallados por casualidad en el fondo del estrecho y reconocidos por su belleza excepcional. Reggio Calabria presume de tener uno de los paseos marítimos más bellos del mundo, en cuya panorámica destaca el imponente volcán Etna. He visitado con frecuencia Cabo Peloro, el punto más próximo entre la isla y el continente, para sentir de cerca la esencia de este estrecho. Intenté dos veces llegar a la isla volcánica de Stromboli, pero las condiciones adversas del mar y el viento lo impidieron, y el capitán no pudo atracar en un pueblo sin electricidad ni comunicación con el puerto. Esta experiencia me recordó el emblemático rodaje de Rossellini con Ingrid Bergman en la zona.

Volviendo a la isla de Lipari, reflexioné sobre cómo la modernidad parece cuestionada en estos lugares remotos. Cabo Peloro no es una ruta habitual para muchos barcos más allá de los ferris. Sus aguas son transparentes, la pesca excepcional y el entorno, casi sublime. Es un estrecho que permanece ajeno al turismo masivo, vivido principalmente por sus habitantes.

Este espacio de calma me llevó a evocar mi estancia en la isla de Bahrein, cerca del estrecho de Ormuz, que hoy se encuentra en el centro de una crisis mundial. Para llegar a Bahrein tuve que cambiar de pasaporte debido a mi visita previa a Irán, dado que, aunque la población es mayoritariamente chií, el régimen es sunita. Allí no me alojé en un hotel común, sino en uno de seis estrellas, donde los viernes sagrados se sirven banquetes abundantes. Recuerdo a un profesor de Beirut consumiendo caviar y champán con voracidad, mientras saudíes y emiratíes cruzaban un puente luciendo sus túnicas impecables y sus mujeres veladas, comprando ropa occidental de alto precio. La ostentación de riqueza se percibía incluso en los bolígrafos de oro que exhibían algunos.

Intenté adquirir algún recuerdo típico, pero lo que encontré provenía de Persia. Solo quedaban algunas perlas sin cultivar, vestigio de la antigua leyenda que relacionaba la isla con las perlas. Esa opulencia ociosa me generó inquietud, aunque me aseguraron que Bahrein es uno de los lugares más seguros del mundo, protegido por Estados Unidos y con una diplomacia cultural francesa que envía piezas artísticas al Louvre de Abu Dhabi. En París, tuve la oportunidad de escuchar a alguien vinculado a ese museo fuera de los focos, y pude apreciar la impostura de esta estrategia cultural.

No sorprende entonces que las tensiones globales estallen en el estrecho de Ormuz. En contraste, las aguas del estrecho de Messina son serenas, aunque no siempre fue así. En la Navidad de 1908, un terremoto devastador destruyó la ciudad entera en el centro del estrecho, dejando más de 130.000 muertos, el sismo más grave de la Europa contemporánea. Hoy, la ciudad recuerda ese episodio como un hecho remoto mientras vive en una calma relativa, casi olvidada.

Messina, antaño uno de los pasos marítimos más importantes del mundo, permanece tranquilo en su olvido. Ojalá que ese sosiego se extendiera a otros estrechos, que las manos codiciosas y autoritarias se mantuvieran alejadas de lugares tan estratégicos como Ormuz. Los desastres deberían ser naturales, como aquel sismo de 37 segundos en 1908, y no provocados por decisiones fatales que amenacen civilizaciones enteras.

Redacción

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