40 años del desastre de Chernóbil: de temor nuclear a aliado contra el cambio climático

El accidente de Chernóbil marcó un antes y un después en la percepción y regulación de la energía nuclear

Este domingo se cumplen cuatro décadas del accidente ocurrido en la central nuclear de Chernóbil, ubicada en la entonces Unión Soviética y actualmente territorio ucraniano. La explosión del reactor número 4 liberó a la atmósfera hasta 200 toneladas de material radiactivo, con una potencia equivalente a entre 100 y 500 bombas atómicas como la de Hiroshima, causando una contaminación extensa en zonas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y generando una conmoción que trascendió fronteras en Europa.

Este episodio puso fin a la era de confianza ciega en la energía nuclear y desató un profundo recelo mundial hacia esta tecnología. En respuesta, se promovió una cooperación internacional sin precedentes en materia de seguridad nuclear. En pocos meses, se aprobaron dos tratados fundamentales que aún siguen vigentes: la Convención sobre la Pronta Notificación de Accidentes Nucleares y la Convención sobre Asistencia en caso de Accidente Nuclear o Emergencia Radiológica. Estos acuerdos establecieron la obligación de informar de inmediato y coordinar la ayuda internacional ante cualquier incidente nuclear, evitando así el silencio inicial que caracterizó la respuesta soviética tras el desastre.

Las enseñanzas extraídas de Chernóbil llevaron, años más tarde, a la firma de la Convención sobre Seguridad Nuclear en 1994, que instauró la revisión entre pares como un mecanismo para garantizar la responsabilidad mutua entre los países que operan centrales nucleares. Según explican fuentes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), este sistema ha reforzado la transparencia y el control, además de impulsar una mayor independencia regulatoria, mejoras en el diseño de los reactores y una cultura de seguridad más profunda.

El accidente de Fukushima Daiichi en 2011 volvió a poner en tela de juicio el futuro de la energía nuclear, frenando los planes de expansión rápida en algunos países y provocando que Alemania optara por cerrar progresivamente sus plantas nucleares. Sin embargo, el contexto actual ha cambiado radicalmente debido a la urgencia del cambio climático. El OIEA destaca que la energía nuclear sigue presente en 31 países y representa aproximadamente el 10 % de la electricidad mundial, contribuyendo a alrededor de una cuarta parte de la energía baja en carbono.

La agencia de la ONU señala un cambio positivo en la percepción y las políticas públicas hacia la energía nuclear, con un número creciente de países que planean iniciar o ampliar sus programas nucleares. Más de 20 países han acordado triplicar su capacidad nuclear para 2050, y cerca de 40 se han sumado a este objetivo como parte de sus compromisos contra el cambio climático. Además, alrededor de 40 naciones sin tradición nuclear están estudiando incorporarla a su matriz energética.

El avance tecnológico también ha influido en esta rehabilitación, con reactores de última generación que cuentan con múltiples capas de seguridad y sistemas pasivos que disminuyen la intervención humana para evitar fallos graves. Por ello, las perspectivas para la industria nuclear son alentadoras, y según el OIEA, la capacidad mundial podría más que duplicarse en las próximas décadas.

En definitiva, tras cuatro décadas del peor accidente nuclear, la energía atómica ha pasado de ser un símbolo de miedo y desconfianza a convertirse en un componente esencial para enfrentar algunos de los retos globales más urgentes, especialmente la crisis climática.

Redacción

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