El Capricho, un jardín histórico para redescubrir el Madrid aristocrático

El Capricho ofrece un paseo único por el ocio y la cultura de la nobleza madrileña del siglo XVIII

El Capricho es un jardín histórico situado en la zona de Barajas, Madrid, que invita a descubrir una faceta diferente de la ciudad, alejada del bullicio del centro y de sus museos más concurridos. Creado en 1783 por María Josefa Pimentel Téllez-Girón, duquesa de Osuna, este espacio de 14 hectáreas se concibió como una finca de recreo destinada al ocio, la cultura y la conversación, reflejando los gustos estéticos de la aristocracia ilustrada de finales del siglo XVIII.

La duquesa, reconocida mecenas y amante de la naturaleza, diseñó un entorno que sorprendiera y emocionara a sus visitantes, con rincones dedicados al juego, el descanso y la representación teatral. El parque no solo destaca por su belleza, sino también por ser un testimonio vivo de cómo se entendía el ocio aristocrático en Madrid durante los siglos XVIII y XIX, con caminos y perspectivas que buscan provocar sensaciones diversas en cada recorrido.

Arquitectura y arte en El Capricho

La entrada principal, flanqueada por dos casetas, conduce a la Plaza de los Emperadores y a la Exedra, un templete que alberga el busto en bronce de la duquesa, obra encargada por su nieto. Al fondo se alza el palacio neoclásico, que fue escenario de tertulias, conciertos y representaciones teatrales. Entre sus invitados destacó Francisco de Goya, amigo y protector de la duquesa, cuyas obras, como El Aquelarre y El conjuro, decoraron varias estancias del edificio. Actualmente, el palacio se encuentra en proceso de rehabilitación para abrirse como espacio cultural dedicado a la historia de la finca y su contexto ilustrado.

Un jardín con tres estilos paisajísticos

Uno de los aspectos más singulares de El Capricho es la combinación de estilos en su diseño paisajístico. La duquesa contó con la colaboración de jardineros y paisajistas como Jean-Baptiste Mulot y Pierre Provost para integrar el jardín francés, el paisaje inglés y el giardino italiano. Frente al palacio se extiende el parterre con setos elaborados en formas geométricas. En la parte baja se conserva el jardín italiano, el más antiguo, donde conviven árboles y setos. Al norte domina el jardín inglés, más libre y naturalista, que incluye construcciones integradas en el paisaje idealizado.

Entre sus atractivos destaca El Laberinto, reconstruido fielmente según los planos originales, hecho con setos de laurel, que recuerda que el jardín estaba pensado para ser vivido y disfrutado activamente. También existía un Jardín de Juegos con elementos infantiles como un tiovivo y un columpio, evidenciando la intención lúdica del espacio.

Elementos acuáticos y espacios escénicos

El agua juega un papel fundamental en la experiencia del visitante. La finca dispone de una ría artificial, un lago y una isla central desde donde los invitados podían navegar en barcas o falúas. La Casa de Cañas, situada junto al lago, es una construcción rústica con embarcadero y un pequeño gabinete que servía como comedor o cenador, decorado con trampantojos del pintor italiano Ángel María Tady, que enfatizaban el juego visual presente en todo el conjunto.

El recorrido por el agua terminaba en el Casino de Baile, levantado en 1815, donde se celebraban fiestas a las que se accedía navegando por la ría. En su interior, los espejos, pilastras y la pintura del techo de Juan Gálvez creaban un ambiente elegante y festivo, consolidando el carácter refinado del lugar.

Pequeñas arquitecturas y la huella de la historia

El Capricho está salpicado de construcciones que añaden interés y teatralidad al paseo. Entre ellas destaca El Abejero, diseñado por Mateo Medina entre 1794 y 1797, destinado a albergar colmenas para observar el trabajo de las abejas, reflejando el interés de la duquesa por la naturaleza. También sobresale la Casa de la Vieja, una recreación de casa de labranza con trampantojos que representan objetos cotidianos y figuras a tamaño natural que simulaban a sus habitantes.

El recorrido incluía además un fortín con cañones, una garita y un soldado a escala real, así como una ermita que llegó a contar con un ermitaño auténtico. Estos espacios contribuyen a ofrecer una lectura casi teatral del parque, donde la naturaleza, la arquitectura y la escenografía se entrelazan constantemente.

La historia de El Capricho no se limita a su origen ilustrado. Durante la Guerra Civil, su estratégica ubicación y el arbolado que facilitaba su camuflaje hicieron que se construyeran instalaciones militares, entre ellas un búnker de gran tamaño frente al palacio, que fue sede del Estado Mayor del Ejército Republicano. Situado a 15 metros bajo tierra y con una extensión considerable, este búnker puede visitarse en visitas guiadas organizadas periódicamente, aportando una dimensión histórica inesperada a este lugar inicialmente concebido para el ocio y el refinamiento.

Declarado Bien de Interés Cultural, El Capricho es una propuesta ideal para quienes buscan en Madrid una experiencia distinta, un jardín histórico que revela el imaginario cultural, social y paisajístico de la ciudad en dos siglos de historia.

Redacción

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