El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, parece dispuesto a llevar a la mujer más influyente de la democracia española, Irene Montero, a una situación comprometida en el contexto de las próximas elecciones andaluzas. Desde su nombramiento, Montero ha enfrentado un constante autoboicot por parte de Sánchez, lo que plantea interrogantes sobre su futuro político.
La analogía del ajedrez se hace evidente: permitir que le «maten» a su figura más destacada en el tablero político para intentar lograr un empate. Sin embargo, no hay justificación lógica para poner en riesgo a una de las pocas figuras con un perfil notable en su gabinete mediante una operación arriesgada.
Montero ya ha comenzado a experimentar las dificultades de la confección de las listas electorales, ganando algunas batallas mientras pierde otras. Si los resultados en las elecciones del 18 de mayo son decepcionantes, su regreso a Madrid podría simbolizar el inicio de la descomposición del PSOE en Andalucía.
Mientras el escándalo de las mascarillas acapara la atención mediática, el partido socialista continúa perdiendo apoyo electoral. La aparición de casos de corrupción, que involucran a políticos y empresarios, están alimentando el descontento popular, especialmente entre los jóvenes menores de 30 años que no ven un futuro claro.
Este grupo demográfico, que se siente atraído por mensajes populistas y soluciones simples a problemas complejos, ha sido tradicionalmente un caladero de votos que tanto Pablo Iglesias como Santiago Abascal han sabido captar. La situación actual podría favorecer a la derecha, especialmente si Juanma Moreno logra mantener su mayoría absoluta.
Así, la estrategia de Sánchez podría estar poniendo en peligro no solo a Montero, sino también a la cohesión del PSOE-A en un momento crítico, donde el descontento social se encuentra en auge y la competencia política se intensifica.

























