En un episodio olvidado de la historia de Sevilla, los republicanos lograron salvar la celebración de la Semana Santa en 1936. Horacio Hermoso Araujo, un contable y líder vecinal del Tiro de Línea, fue elegido alcalde de la ciudad en un contexto político complicado. Su mandato, que comenzó en febrero, se produjo en medio de un Ayuntamiento debilitado por desastres naturales y atentados.
A pesar de la presión del cardenal arzobispo Eustaquio Ilundaín y de las familias adineradas que se oponían a la celebración de la festividad bajo el gobierno del Frente Popular, Hermoso se propuso mantener viva la tradición. Las hermandades habían boicoteado sus procesiones en años anteriores como forma de protestar contra la República, pero en 1936, decidieron dar un paso adelante y votar para participar en las festividades.
El alcalde Hermoso tomó medidas para asegurar la celebración, recuperando el Jueves y el Viernes Santos como días festivos y organizando una Junta con diversas asociaciones de la ciudad para recaudar fondos. Sin embargo, el boicot de las familias pudientes que no renovaron sus abonos para los palcos dejó la recaudación muy por debajo de lo esperado. A pocas horas del inicio de la Semana Santa, el déficit era alarmante.
Fue en ese momento crucial cuando Hermoso, junto con el gobernador civil Ricardo Corro, el ministro Blasco Garzón y el presidente de la Diputación José Manuel Puelles, decidieron aportar dinero público y personal para cubrir el déficit. Así, en la madrugada del sábado, el gobernador anunció que la Semana Santa estaba a salvo, provocando la ovación de los cofrades que aguardaban en las calles.
El Domingo de Ramos, todas las cofradías comenzaron a salir, permitiendo que Sevilla disfrutara de su gran festividad. Sin embargo, solo tres meses después, en septiembre de 1936, Hermoso fue fusilado. Su familia siempre creyó que su ejecución estuvo relacionada con el éxito de aquellas procesiones y la intervención de la iglesia en su destino.
Hoy en día, noventa años después de estos acontecimientos, los nombres de Hermoso, Corro, Puelles y Blasco Garzón han caído en el olvido. Aunque su labor fue crucial para que las cofradías pudieran desfilar por las calles de Sevilla, la historia ha sido omisa en reconocer su contribución. Ellos, tan sevillanos como cualquier otro, hicieron lo posible para que las tradiciones se mantuvieran vivas en un contexto adverso.

























