La democracia estadounidense y sus fallos evidenciados tras la elección de Trump

La elección de Trump revela las grietas del sistema democrático de Estados Unidos

En los últimos años, se ha señalado la figura de Donald Trump como responsable de la crisis política que atraviesa Estados Unidos. Sin embargo, muchos apuntan que, pese a sus defectos, fue elegido democráticamente, a diferencia de gobiernos autoritarios donde la libertad de expresión y la tolerancia son inexistentes. Así, se suele concluir que líderes como Trump o Netanyahu pueden ser cuestionables, pero que vivir en ciudades como Chicago es preferible a hacerlo en Teherán, o en Tel Aviv antes que en La Habana. Son considerados «malotes», pero «nuestros malotes».

No obstante, es fundamental recordar que Trump no accedió al poder por casualidad ni mediante un golpe; fue elegido de forma democrática en dos ocasiones. Este hecho obliga a analizar con mayor profundidad el funcionamiento del sistema democrático estadounidense, que no solo permitió su llegada, sino que lo hizo dentro de las propias reglas establecidas. La presidencia de Trump pone de manifiesto un desgaste del sistema electoral, que posibilita que un candidato alcance la Casa Blanca sin obtener la mayoría del voto popular, lo que genera divisiones y desconfianza hacia las instituciones.

Además, la polarización política ha convertido el debate público en una confrontación identitaria donde el objetivo principal es derrotar al adversario en lugar de gobernar para todos. La elección de Trump también expuso la vulnerabilidad de las democracias ante la manipulación mediática, la desinformación y el auge del populismo. El uso masivo de redes sociales y discursos incendiarios consiguió movilizar a un sector de la población que se siente marginado por las élites de poder.

Este fenómeno no solo afectó la política interna, sino que tuvo repercusiones en la posición internacional de Estados Unidos, con consecuencias que superan la figura de un solo líder. En definitiva, lo que sucede en Estados Unidos refleja las carencias de un modelo democrático imperfecto que admite distorsiones electorales, fomenta la polarización y puede ser capturado por la desinformación. Mientras tanto, se asume una supuesta superioridad moral que justifica libertades en Nueva York que no existen en Teherán, pero se silencian violaciones como bombardeos indiscriminados o invasiones en países menos democráticos.

Por supuesto, resulta preferible vivir en Chicago que en un barrio bajo control de Hezbolá, pero que una persona como Trump tenga acceso al botón nuclear es tan alarmante como que Irán disponga de armas nucleares. La cuestión incómoda no es únicamente quién gobierna, sino qué tipo de democracia permite que ese líder sea elegido. Y esa reflexión debe repetirse constantemente.

Redacción

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