En una reciente intervención en el programa presentado por Albert Castillón, el periodista Eduardo García Serrano afirmó que una fiscal del Tribunal Supremo le confesó que el Poder Judicial es la institución más corrupta de España. Esta declaración, de por sí impactante, adquiere mayor relevancia por la reacción de la ciudadanía, que en su mayoría responde con un resignado «puede ser».
Este clima de aceptación pasiva refleja, según el periodista, un alarmante deterioro de la confianza en la justicia española. La percepción generalizada apunta a un sistema en avanzado estado de descomposición, donde la clase política parece gozar de privilegios que no corresponden a los ciudadanos comunes.
La pérdida de fe en las instituciones judiciales supone un grave problema para la democracia, ya que la justicia debe ser un pilar central que garantice la igualdad y la transparencia. Sin embargo, la sensación de corrupción enquistada y la falta de respuestas efectivas alimentan el desencanto y la desconfianza social.
La denuncia realizada por García Serrano pone de manifiesto que la corrupción no solo está presente en la política o en otros ámbitos, sino que afecta también a quienes deberían velar por la legalidad. Esta realidad obliga a una reflexión profunda sobre la necesidad de reformas que restauren la credibilidad y la integridad del sistema judicial en España.
Mientras tanto, la sociedad española parece resignarse a convivir con un Poder Judicial cuestionado, lo que representa un peligro para el equilibrio democrático y la justicia efectiva en el país.

























