Un número significativo de españoles se siente decepcionado con la clase política actual, tanto la que gobierna como la que se opone, percibiéndola como incapaz de resolver los problemas que les afectan. Anteriormente, el consuelo era pensar que esta situación era temporal, atribuible al oportunismo desmedido de un gobierno sin escrúpulos y al triste papel desempeñado por una oposición ineficaz y desorientada.
Sin embargo, esta percepción negativa ya no puede ser considerada como un problema meramente local. Diversas señales indican que los problemas y desequilibrios que afectan el funcionamiento del país no se solucionarán con la salida de Pedro Sánchez, aunque muchos desearían que esto ocurriera pronto. Además, la desconfianza no se debe únicamente al alarmismo justificado por las nuevas y devastadoras guerras desatadas por individuos guiados solo por sus egos.
Según las encuestas, el malestar tiene un carácter más profundo y parece ser un fenómeno común en Europa, donde otros países también experimentan un creciente desencanto con sus instituciones políticas. Históricamente, las voces críticas más agudas han provenido de Francia, que cuenta con un sólido grupo de estadísticos y sociólogos. Aunque sus pronósticos no siempre son acertados, a lo largo de los últimos tres siglos han ofrecido predicciones certeras.
Los datos proporcionados por Alexis Spire revelan que solo un 20% de los franceses confían en el buen funcionamiento de sus instituciones estatales, un dato alarmante que coincide con diagnósticos similares en otros países. Este creciente populismo que resurge en múltiples lugares no es la causa, sino más bien una consecuencia del escepticismo y el pesimismo que predomina entre la ciudadanía respecto al trato recibido por parte de su propio Estado.
En el contexto español, es crucial reflexionar sobre la necesidad de apartar del poder a aquellos que son responsables de los problemas más inmediatos. Esto podría ser una lección valiosa, pero es fundamental no perder de vista que existe un trasfondo más amplio que requiere una renovación en los partidos políticos y la inclusión de personas que entiendan que acceder a las instituciones públicas no debería ser solo un medio para el beneficio personal y la satisfacción de egos frustrados.
Este trasfondo también exige una revisión, con ideas innovadoras, de la complicada relación entre la ciudadanía y el Estado.

























