Rusia decidió cortar el suministro de petróleo a Alemania a través del oleoducto Druzhba el pasado 1 de mayo. Este conducto era la vía por la que Berlín recibía crudo procedente de Kazajistán, uno de los principales proveedores de energía para Europa.
El cierre de este oleoducto representa un nuevo golpe en la compleja relación energética entre Rusia y Alemania, en un contexto marcado por la tensión geopolítica y la búsqueda de diversificación de fuentes por parte del continente europeo.
El oleoducto Druzhba, que significa «amistad» en ruso, ha sido durante décadas un enlace crucial para el suministro de hidrocarburos desde países de la antigua Unión Soviética hacia Europa Central. Su cierre por parte de Moscú deja a Alemania en una posición complicada respecto a su dependencia energética y obliga a buscar alternativas para garantizar el abastecimiento.
Este movimiento se interpreta como una estrategia rusa para ejercer presión económica y política sobre Berlín, en medio de un contexto internacional donde la energía se ha convertido en un instrumento de poder.
La interrupción del flujo de petróleo vía Druzhba incrementa la incertidumbre en los mercados energéticos y subraya la vulnerabilidad que tiene Europa ante los vaivenes de la política rusa. La situación obliga a los gobiernos europeos a acelerar la transición hacia fuentes de energía más seguras y sostenibles.












