En un ambiente tenso, dos cuñados, Darío Roch Ariza y Victoriano Carrión Conde, encuentran en una partida de ajedrez la manera de dirimir sus diferencias políticas sobre la guerra de Irán. Este juego, que representa simbólicamente la lucha entre moros y cristianos, se despliega sobre una mesa de camilla, convirtiéndose en un campo de batalla donde cada movimiento tiene un trasfondo significativo.
La elección del ajedrez no es casual; las piezas nazaríes y castellanas reflejan las dos facciones en conflicto, mientras que la contienda se desarrolla de manera incruenta. La partida se convierte en una metáfora del enfrentamiento que se ha apoderado de sus conversaciones, donde las diatribas y las posturas políticas amenazan con llevar la discusión a un punto muerto.
Mientras Victoriano se encuentra en una posición aparentemente ventajosa, su mente está plagada de dudas. La palabra «jaque» le resulta tan frágil como la afirmación de su admirado Donald Trump que aseguraba que la guerra se resolvería rápidamente. En su mente resuena la idea de que las verdaderas victorias se logran no solo en el tablero, sino también en la percepción del pueblo, el verdadero rey en esta batalla de ideas.
A medida que el juego avanza, Darío mantiene una defensa firme, observando cada movimiento de su contrincante con la astucia de un estratega militar. La partida, más que un simple juego, se convierte en un reflejo de las tensiones que existen no solo en su familia, sino también en el contexto más amplio de la geopolítica actual.
Las preguntas retóricas surgen entre ellos, como la del ataque preventivo que sufrió el hijo de Victoriano en la escuela, una comparación que añade leña al fuego de sus discusiones. Aunque Victoriano pueda ganar la partida, es evidente que la reconciliación con Darío no será fácil, sobre todo después de las recriminaciones sobre su apoyo a una guerra impulsada por intereses ajenos.
El ajedrez se transforma, así, en un escenario donde las tensiones políticas se manifiestan de manera palpable, mostrando que los conflictos, ya sean familiares o internacionales, siguen teniendo repercusiones profundas y duraderas.












