El pasado 20 de marzo, en el Palacio Real de Rabat, tuvo lugar una ceremonia significativa en la que Su Majestad el Rey Mohammed VI, Amir Al-Muminin, recibió las felicitaciones de los príncipes, miembros del gobierno y altas autoridades civiles y militares del país.
Este evento se llevó a cabo en el primer día de Shawwal del año 1447 según el calendario lunar, marcando el final del Ramadán. La atmósfera fue de gran solemnidad, reflejando la majestuosa tradición de una monarquía con profundas raíces históricas. En el centro de la imagen, el Rey Mohammed VI, jefe del Estado del Reino de Marruecos, emergía como un símbolo de continuidad y de un legado que se remonta a siglos atrás.
El monarca, descendiente del profeta Muhammad, portaba una Djellaba, específicamente la Chilaba Real, un atuendo que ha sido utilizado por los sultanes y reyes a lo largo de la historia. Esta prenda, originaria de Bzou, representa la maestría artesanal marroquí y está intrínsecamente ligada a la cultura Amazigh, que forma parte esencial de la identidad del reino.
No solo el vestuario del soberano real destaca en la imagen, sino que también lo hace el vibrante colorido de los mosaicos del recinto real, una muestra del Arte de Zellige, que hipnotiza con su complejidad geométrica y cromática. Este arte, que utiliza terracota esmaltada, es un testimonio de la conexión de un pueblo con su tierra y su historia.
La fotografía captura un momento que evoca tanto un pasado glorioso como un futuro esperanzador, gracias a la figura del Príncipe Moulay Hassan, heredero al trono. A sus 22 años, el príncipe es el portador del legado de la dinastía Alauita, que ha dado grandes monarcas al país, incluyendo a figuras históricas como el sultán Mohammed V y el rey Hassan II.
El parecido físico y gestual del joven príncipe con su abuelo es notable, así como su formación y preparación para asumir las responsabilidades que le esperan. La imagen también transmite un fuerte mensaje sobre la autenticidad y el respeto que se vive en la cultura marroquí, donde gestos como el besamanos son una muestra de afecto y respeto, no de sumisión, como erróneamente piensan algunos observadores externos.
El acto de besar la mano del rey es una expresión de lealtad y solidaridad que resuena profundamente en la cultura del país. La monarquía marroquí, por tanto, se presenta no solo como una institución histórica, sino como un símbolo de unidad entre todos los marroquíes, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
Esta imagen, pues, no es solo una representación de los protagonistas de un evento, sino un reflejo de la estabilidad y prosperidad que caracterizan al Reino de Marruecos, en un contexto regional a menudo convulso. En definitiva, la monarquía marroquí, junto a la nipona, se erige como una de las más antiguas y perdurables del mundo, reafirmando su compromiso con el pueblo y sus raíces.












