Hay lugares que, a pesar del paso del tiempo y de las circunstancias de la vida, siempre mantienen un lazo especial con quienes los habitan. Este es el caso de Manoli, una vecina profundamente arraigada en el Polígono San Pablo, que cada Lunes Santo vuelve a recorrer las calles que han sido testigos de su vida.
Para Manoli, regresar a su barrio no es solo una tradición; es una forma de reconectar con sus recuerdos y con las personas que han sido parte de su historia. «Soy la número 23 en el registro de esta iglesia. Me casé en esta iglesia», cuenta con un tono de orgullo que refleja su conexión profunda con este lugar sagrado.
Aunque ya no reside en San Pablo, su relación con la hermandad y el barrio se mantiene inalterable con el tiempo. «Ya no vivo en este barrio, pero aquí ha transcurrido toda mi vida», explica, encapsulando en pocas palabras un sentimiento de pertenencia que trasciende las mudanzas. Cada estación de penitencia representa para ella algo más que un compromiso religioso: es una oportunidad para abrazar su historia y su identidad.
Manoli está decidida a seguir viniendo a su barrio cada Lunes Santo «hasta que el cuerpo aguante y el Señor y la Virgen me lo permitan», afirma con emoción. Esta declaración resuena con el sentir de muchas personas que, sin importar cuántos años pasen, encuentran en su hermandad y en su barrio un refugio al que siempre desean regresar.














