El Real Madrid vivió una nueva muestra de su particular ADN defensivo durante el partido contra el Betis, donde los centrales parecen obligados a comportarse como los dueños del campo, incluso cuando cometen errores evidentes. El joven Dean Huijsen fue el protagonista de una actitud que desentonó por su falta de madurez y experiencia.
Lo que sucedió con Huijsen en el encuentro refleja un guion repetido, pero esta vez con un matiz importante: al joven defensor internacional español le queda grande el papel de villano. Su gesto de mofarse de Antony llamándole «llorón» tras haberle dejado marcas visibles con los tacos resulta más propio de un adolescente que busca provocar que de un jugador con autoridad real en el campo.
La comparación con leyendas como Fernando Hierro es inevitable. El histórico capitán madridista imponía respeto sin necesidad de recurrir a actitudes infantiles. Hierro ejercía su dureza con una autoridad que provenía de su historia y del escudo que defendía; su intimidación era poderosa porque existía una «bula» implícita que protegía su contundencia. En cambio, Huijsen parece imitar la dureza sin contar con ese respaldo, lo que convierte su provocación en un simple berrinche sin fundamento.
Incluso figuras como Sergio Ramos o Pepe, maestros en desestabilizar al rival, tenían un método claro. Ramos dominaba el relato y Pepe utilizaba una agresividad que intimidaba sin remordimientos. La estrategia de ellos era una guerra psicológica de alto nivel. Por el contrario, Huijsen se muestra arrogante, apoyado en su entorno pero sin la historia que justifique esa chulería.
La presión crece para Arbeloa en el banquillo blanco
El problema no se limita al terreno de juego, sino que también se extiende al banco, donde Álvaro Arbeloa comienza a notar la presión de dirigir al primer equipo. Aunque su conocimiento de la casa y su experiencia en categorías inferiores son indudables, la élite exige soluciones tácticas y variantes que hasta ahora no se han visto.
El empate en Sevilla ha sido una mancha que señala directamente su gestión de los cambios y la falta de capacidad para cerrar partidos que el Real Madrid debería dominar sin dificultad. Arbeloa debe demostrar que puede ser algo más que un símbolo institucional y ofrecer soluciones reales si quiere mantener su puesto más allá de la temporada.
No basta con apelar al escudo o mostrar intensidad en la banda. La competición doméstica exige regularidad y un respeto riguroso por cada punto, aspectos que el Madrid no está mostrando hasta ahora. Si el equipo sigue dejando escapar puntos mientras sus jugadores se distraen con gestos hacia la grada rival, la etapa de Arbeloa en el banquillo podría terminar mucho antes de lo esperado por sus defensores.











