En diciembre de 1871, España enfrentaba una agitación política y judicial marcada por la investigación del asesinato de Juan Prim. En medio de estos acontecimientos, se publicó en Gibraltar un anuncio peculiar: la venta de un caballo llamado «General Prim», por el precio de 175 libras, un recordatorio del héroe de La Gloriosa en el primer aniversario de su magnicidio.
Las autoridades judiciales trataban de localizar a un testigo clave, D. Manuel García Gero, que debía comparecer para esclarecer el asesinato de Prim. En un comunicado formal, se le citó a presentarse en el Palacio de Justicia en un plazo de quince días. Mientras tanto, la administración local enfrentaba sus propias irregularidades, ya que varios alcaldes no habían enviado los presupuestos requeridos, lo que les acarreó una multa máxima si no cumplían en ocho días.
En el contexto judicial, D. Francisco Alba Fruzado, un abogado de Algeciras, gestionaba una fianza en el juzgado de primera instancia para D. Luis González Notario, quien había sido arrestado. El abogado se comprometía a devolverlo a la cárcel si así se ordenaba, asumiendo toda responsabilidad legal por su liberación.
El año 1871 no se despidió sin un escándalo político, ya que se abrió una causa en Algeciras contra un alcalde por usurpar funciones legislativas, y se investigaba la posible responsabilidad del gobernador civil, Garrido Estrada. Pese a que los hechos no ocurrieron en Algeciras, la ciudad, siendo cabeza de partido y distrito, debía resolver controversias políticas de municipios vecinos.
En medio de este tumulto, un testimonio anónimo relató un milagro ocurrido en el Estrecho. El 6 de diciembre de 1871, un pasajero abordó el pailebot-correo «San Francisco de Paula» en Algeciras. A medida que el barco se adentraba en el Estrecho, las condiciones climáticas se tornaron adversas. Un fuerte viento del sureste hacía que el barco se llenara de agua, y en un momento crítico, un tripulante cayó al agua. Sin embargo, en un giro inesperado, se produjo un milagro en la fecha coincidente con el Domingo de Resurrección.
Este suceso, enmarcado en un contexto de inestabilidad y tensiones políticas, se convierte en un recordatorio de la complejidad de la vida en España en esos tiempos, donde los actos de fe y los milagros podían surgir incluso en los momentos más oscuros.

























