La inteligencia artificial (IA) se ha integrado en muchos aspectos de nuestra vida diaria, a menudo sin que lo percibamos completamente. Recientemente, la sanción de mil euros a un juez por emplear la IA para redactar una sentencia ha evidenciado los peligros de ceder decisiones humanas a algoritmos. En este marco, la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) ha dado a conocer un estudio que pone bajo el foco cómo la IA influye en las recomendaciones de voto.
Los datos del informe son reveladores: el PSOE encabeza de manera constante las sugerencias en todas las lenguas y plataformas analizadas, seguido a considerable distancia por Sumar y Podemos. Por contra, el PP, pese a gozar de una alta visibilidad del 96,3%, solo alcanza un 28,2% en recomendaciones, claramente superado por el PSOE. Vox, aunque aparece con frecuencia, recibe una presencia muy marginal en las recomendaciones, por debajo del 6%.
La investigación, dirigida por los profesores Ferran Lalueza y Víctor Gil, examinó 1.220 consultas distribuidas en cinco plataformas principales —ChatGPT, Copilot, Gemini, Grok y Perplexity— y en cuatro idiomas: catalán, gallego, euskera y castellano. Cristina Aced, profesora de la UOC y parte del equipo investigador, destaca en conversación con ARA que estudios anteriores ya habían demostrado la notable capacidad de estas herramientas para incidir en la decisión electoral de los votantes.
La metodología consistió en plantear 61 preguntas basadas en las preocupaciones reales de la ciudadanía según el CIS, incluyendo temas como vivienda, desempleo, inmigración o sanidad. Para evitar sesgos personales, las consultas no se realizaron desde perfiles convencionales, sino a través de un conector de aplicaciones que elimina la memoria del usuario y su ubicación geográfica, buscando así mayor objetividad.
El estudio también evidencia que no todas las IA adoptan la misma postura: ChatGPT y Grok tienden a posicionarse claramente, mientras que Gemini y Copilot mantienen un enfoque más neutral. Según Aced, esta diferencia radica en la programación de cada herramienta, aunque subraya que el resultado depende en gran medida de la fuente de datos que cada IA utiliza.
En cuanto a esas fuentes, la Wikipedia sigue siendo la principal referencia con 958 menciones, confirmando que la IA reproduce el llamado «ecosistema de autoridad tradicional» al consultar agencias de noticias y medios con trayectoria. Además, las webs oficiales de los partidos son también consultadas, pero con un sesgo palpable: el algoritmo visita más la página del PSOE que la del PP, un factor que influye directamente en las recomendaciones finales.
La preferencia por la página socialista no es casual, pues la IA favorece estructuras claras y formatos que respondan a preguntas frecuentes o presenten la información en tablas. Esta situación abre un nuevo campo de trabajo para que los partidos mejoren su visibilidad ante estas herramientas. Con cierto humor, Aced aconseja al PP revisar la web del PSOE para entender qué gusta más a las IA generativas.
Finalmente, la investigadora alerta sobre el poder creciente de las empresas tecnológicas que controlan estas plataformas, un negocio que podría tener profundas implicaciones para la salud democrática. La pregunta clave que queda es qué pueden hacer esas compañías para influir en la opinión pública a través de estas herramientas.
























