La percepción de lo que significa ser «facha» ha evolucionado con el tiempo, especialmente para aquellos que crecimos en los años 70. En aquella época, el término se refería a un régimen autocrático que exigía una conformidad casi absoluta y donde la disidencia se reprimía con severidad. Hoy en día, el concepto se ha diluido, siendo utilizado por diversos sectores para descalificar a quienes no comparten su visión, independientemente de su ideología.
En la actualidad, tanto la izquierda, que a menudo se presenta como progresista, como la derecha tradicional, que se asocia con el poder económico, parecen coincidir en la tendencia a clasificar y excluir opiniones contrarias. Estas actitudes generan un ambiente de polarización en el que cualquier disenso puede ser calificado de «facha», un término que en su uso contemporáneo ha perdido gran parte de su significado original.
Los niños que experimentamos la realidad de aquellos años sabemos que el verdadero facha era aquel que encarnaba un sistema de control estricto, donde la libertad de expresión era prácticamente inexistente. En contextos como las escuelas o los espacios de trabajo, la autocensura era una práctica común. La revelación de documentos desclasificados del 23F ha permitido entender mejor cómo se estructuró la narrativa oficial que ha sido promovida sobre ese evento, resaltando la figura del Rey y de los demócratas como protagonistas de una transición que, para algunos, fue insuficiente.
El intento de algunos sectores de volver a un pasado que muchos consideran superado plantea serias preguntas. ¿Deseamos realmente regresar a esos tiempos de autoritarismo y represión? Es fundamental recordar que tanto los militares franquistas como ciertos extremistas vinculados a movimientos de izquierda, como ETA, representaron formas de «fachismo» que no deberían ser olvidadas. En los años 80, la sociedad tomó un camino claro hacia el respeto, la libertad y la responsabilidad, valores que deben seguir guiando nuestro presente.

























