Los días de sesión plenaria en el Congreso de los Diputados ofrecen una lección magistral sobre cómo aparentar competencia sin poseerla realmente, y sobre la habilidad para cambiar de principios según convenga. El Hemiciclo, lejos de ser un espacio de debate riguroso, se ha transformado en un refugio para quienes buscan ascender a toda costa.
Para el ciudadano común, la política parlamentaria es un espectáculo distante e irrelevante, salvo en los momentos de votar, que se viven casi como una obligación más que una convicción. La mayoría preferiría alejarse de estos personajes si pudieran, y los observan con incredulidad, casi como si fueran participantes de un reality show. Solo los más ingenuos les otorgan credibilidad.
Ser político en la actualidad requiere un estómago fuerte, capacidad para despreciar la propia imagen y una disposición a hacer el ridículo sin el menor pudor. Esta última cualidad resulta sorprendente y esencial. El prestigio de quienes carecen de talento justifica actitudes patéticas, mientras que su lenguaje corporal apenas supera la aprobación de una abuela que ya no está presente. Más allá de eso, todo es una fachada.
Los argumentos sólidos brillan por su ausencia. La paradoja es que, aunque se les critique duramente, no es por falta de ganas sino por incapacidad real. El ministro del Interior ejemplifica esta situación al exhibir una actitud altiva y mencionar procedimientos judiciales que evidencian que el cargo le queda grande. La evolución del Congreso, que ha pasado del rap al reguetón en términos de discurso y comportamiento, refleja esta decadencia.
En la cultura popular española, existe una relación inversamente proporcional entre el acceso a la información y la competencia en el poder. El desenlace más triste se produce cuando la mentira queda al descubierto y los allegados se muestran sorprendidos. El mito cae y los nietos dejan de admirar para siempre al abuelo. Lo más lamentable no es el ruido vacío dentro del Congreso, sino la desilusión y la vergüenza que recorren sus pasillos como una presencia constante.

























