Con el transcurrir de los años, nos percatamos de cómo las hojas del almanaque caen rápidamente, dejando cada vez menos en el árbol de nuestras vidas. A diferencia de nuestra infancia o juventud, ahora sentimos que las manecillas del reloj se aceleran. Aunque el otoño se asoma en el horizonte, mantenemos vivas en nuestra memoria las experiencias pasadas y la esperanza de lo que aún está por venir.
En cada hoja de este almanaque, encontramos partículas de lozanía que el tiempo refleja en su espejo. En el reverso de cada página, hay retazos de historia compartida con personas que han sido significativas en nuestras vidas, ya sea porque se han alejado de nosotros o porque nosotros lo hemos hecho. Estas relaciones, ya sean de amor, amistad o traición, han contribuido a forjar nuestra identidad. Caminamos sobre una alfombra de recuerdos, algunos de los cuales se ven desgastados por el paso del tiempo.
Desde nuestra atalaya de experiencias, observamos el mundo con calma; los colores parecen más cálidos, a la vez que fríos. Somos la suma de experiencias vividas, aderezadas con recuerdos que pueden ser dorados o marcados por el egoísmo. Existe un contraste palpable entre la fantasía y la realidad. Mientras vigilamos la fealdad desde la distancia del aprendizaje, también somos capaces de apreciar la belleza, disfrutando de las formas y texturas que nos rodean, así como del aroma de una rosa recién cortada o la imagen del cuerpo amado, aunque sea desde lejos.
Día a día, nos volvemos más imaginativos que prácticos, siendo cada uno una biblioteca donde Cronos preside, con libros llenos de enseñanzas. Algunos de esos volúmenes son extensos y otros breves, pero en todos hemos encontrado lecciones. A veces, un terremoto de acontecimientos mezcla nuestros recuerdos, pero siempre logramos reordenarlos en los estantes de nuestra memoria. Curiosamente, hay libros que, a pesar de su hermosa encuadernación, nunca abrimos; pudieron ser significativos, pero no lo fueron.
Quizá tengamos un pequeño armario donde guardamos perfumes y sabores que han dejado una huella sutil en nuestra mente, capaces de transportarnos a momentos evocadores. También disfrutamos de una fonoteca donde resuenan las voces que amamos y aquellas que nos desagradan, así como los sonidos y la música que nos han marcado. En nuestra memoria transitan las personas que se fueron demasiado pronto, y me pregunto qué ganaron o perdieron; parece que vivieron intensamente en su breve existencia lo que a otros les llevará el doble de tiempo, y quizás sin conseguirlo. Fueron recordados por su tiempo en este mundo.
La vida, al igual que el amor, se asemeja a la tauromaquia, donde torero y toro se observan y retan, ejecutando un baile en el borde de la vida y la muerte. En el clímax de esta danza, cuando todo es sublime, llega la suerte suprema que transforma lo vivido en algo único e inmortal. A pesar de sentir el ocaso de la vida, seguimos soñando con al menos otra primavera, comprendiendo que esa ilusión se escapa entre nuestros dedos como la arena del Mediterráneo.
Tenemos todo el tiempo del mundo; la vida es intensa y hermosa en cada etapa, sin más limitaciones que las que nosotros mismos decidamos imponer, siempre respetando la libertad de los demás. No hay una edad concreta para vivir, amar, disfrutar, aprender o explorar. No obstante, debemos mantener la cordura, siendo conscientes del implacable tic-tac del tiempo, que para mí, simboliza el decimoquinto aniversario de mi nieta. Este sonido nos hace ser tolerantes y prudentes, sin renunciar a nada. ¡Felicitats, princesa!













