Hace aproximadamente un año, experimenté lo que muchos han vivido: mientras trabajaba desde casa, la luz del salón desapareció. No se apagó de forma gradual, simplemente se fue, tal como ocurre cuando el suministro eléctrico falla sin aviso previo. Pensé inmediatamente en el automático, ese dispositivo que controla la corriente en los hogares.
Al levantarme para revisar el diferencial, lo encontré en su lugar, intacto, casi burlándose con su simple presencia, o quizás impotente, pues no es más que un pequeño fragmento de plástico que muchas veces no sirve para solucionar el problema. Si no era un fallo en mi vivienda, cabía la posibilidad de que afectara a todo el bloque o incluso a la calle.
Desde la ventana, observé a personas pasar con aparente normalidad, como si nada hubiera cambiado. Así transcurre nuestra existencia, con una normalidad que solo parece real. Esta percepción me llevó a mirar el móvil y confirmar que no había datos ni cobertura. Fue entonces cuando comprendí que el problema no era solo de mi equipo, ni de mi red doméstica, sino algo más amplio. ¿Sería Sevilla? ¿España? ¿O el mundo entero?
Vivimos en un estado continuo de automatismo. Nuestra percepción del entorno, de nosotros mismos y de los demás se basa en atajos mentales que nos permiten manejar la realidad. Como dijo el poeta T. S. Eliot, «el ser humano no puede soportar demasiada realidad». Si fuéramos plenamente conscientes de todo lo que nos rodea, sin olvidar ni inventar, la locura sería inevitable. Por ello, nuestra mente hace trampas para sobrevivir.
Nos engañamos con frecuencia: culpamos al sofá cuando nos damos un golpe, idealizamos a quien amamos o buscamos solo aquello que confirma nuestras creencias para no desviarnos del camino trazado. Somos como ríos que solo cambian su curso cuando se desbordan.
Este apagón nos dejó vulnerables, desprovistos de las certezas que damos por sentadas. Nos hizo reflexionar sobre cuánto tiempo tardamos en echar de menos lo que consideramos básico, especialmente la información. ¿Quién puede vivir sin saber nada? No me refiero a un descanso momentáneo, sino a la ausencia total de conocimiento sobre lo que viene.
El futuro se presenta ante nosotros como un enigma sin sabor, olor ni forma, pero cada uno lo percibe y anticipa a su manera. Es esa ilusión, esa fábula, la que nos impulsa a seguir adelante. Cuando el futuro desaparece, la vida misma se apaga.














