La sociedad actual se enfrenta a un panorama de incertidumbre y desánimo, donde la complejidad de los problemas globales en política, economía y vida cotidiana se hace cada vez más evidente. La sensación de que «es lo que hay» se ha convertido en una respuesta común ante los conflictos no resueltos que nos rodean. Este fenómeno se observa tanto a nivel personal como en el ámbito colectivo, donde muchos sienten una falta de propósito y energía para buscar un futuro mejor.
Las transformaciones más notables en nuestra era se pueden dividir en dos categorías: la evolución de las tecnologías y el cambio en los valores sociales. Mientras que el avance tecnológico es innegable y ampliamente reconocido, los valores que impulsan a las personas han cambiado drásticamente en las últimas décadas. Antes, el enfoque se centraba en satisfacer las expectativas del grupo familiar con recursos limitados; hoy, se priorizan los derechos individuales, como se evidencia en diversas reivindicaciones sociales.
Del orden complicado a la realidad compleja
Las relaciones productivas tradicionales han sido reemplazadas por una dependencia de un estado que garantiza derechos, lo que ha llevado a una administración burocrática y costosa. Los sistemas políticos y económicos actuales muestran que lo que antes se consideraba un problema complicado ha evolucionado hacia una realidad compleja, donde la capacidad de respuesta ante estímulos idénticos ya no garantiza resultados similares.
La intensidad de estas dinámicas entre la autonomía individual y el intervencionismo estatal ha posicionado a las diversas políticas sociales en un contexto de creciente ingobernabilidad. En este nuevo escenario, la planificación se convierte en un mecanismo insuficiente, ya que la realidad es más sofisticada que los modelos que intentamos aplicar.
Los sistemas complejos, que abarcan desde la convivencia humana hasta los ecosistemas, se caracterizan por su creciente diversidad y la interacción entre personas que no necesariamente comparten intereses comunes. Este contexto exige un cambio en la forma de abordar los problemas, donde la autoorganización de los colectivos y la cooperación se convierten en elementos clave para el progreso.
La importancia de la educación y la cooperación
El futuro de los sistemas humanos dependerá de cuatro variables esenciales: la dimensión del colectivo, la velocidad de las acciones, la diversidad complementaria y los valores sociales dominantes. Si prevalecen visiones cooperativas y simbioticas, el resultado será mucho más favorable que si se impone el individualismo y el poder de grupos dominantes.
La educación juega un papel crucial en este proceso, ya que una formación orientada hacia la cooperación y el conocimiento puede transformar la manera en que enfrentamos los desafíos actuales. La búsqueda de un equilibrio entre autonomía y convivencia se convierte en la clave para navegar en un mundo cada vez más complejo.
En conclusión, la transición de lo complicado a lo complejo no es solo un desafío, sino una oportunidad para repensar nuestras estructuras y valores. Fomentar la cooperación y reducir la burocracia en la toma de decisiones puede abrir el camino hacia un futuro más prometedor, donde la acción colectiva prevalezca sobre el individualismo.
















