El turismo se ha convertido en un fenómeno que, aunque genera riqueza y empleo, también presenta desafíos de convivencia y sostenibilidad en diversas ciudades del mundo. Destinos emblemáticos como Venecia, Dubrovnik, Capri y Santorini están implementando una serie de estrategias para gestionar la afluencia de visitantes y preservar su identidad cultural y medioambiental.
En Capri, una de las primeras medidas adoptadas ha sido la limitación del tamaño de los grupos organizados. Esta iniciativa busca reducir el impacto del turismo guiado en las angostas calles de la isla, evitando aglomeraciones y ruido excesivo, como el uso de megáfonos, lo que mejora la experiencia de los visitantes y la convivencia local.
Por su parte, Venecia ha implementado un sistema de tarifas de acceso para aquellos que visitan la ciudad en días de alta demanda. Esta medida no solo pretende generar ingresos para la limpieza y el transporte, sino que también busca redistribuir la afluencia de turistas a otros días menos concurridos, incentivando estancias más prolongadas.
Dubrovnik ha optado por una gestión más quirúrgica del turismo de cruceros. En lugar de limitar el número de visitantes, se enfoca en controlar el tiempo de llegada de los cruceros para evitar que un gran número de turistas desembarque al mismo tiempo, lo que podría causar congestión en su casco histórico.
La ciudad de Ámsterdam ha tomado una postura más radical al reducir el número de escalas de cruceros. A través de políticas orientadas a limitar el turismo de alto impacto, busca disminuir la dependencia del turismo masivo y fomentar un modelo más sostenible.
En Santorini, se ha establecido un cupo máximo de cruceristas diario, acompañado de franjas horarias para distribuir las llegadas. Esta medida tiene como objetivo ajustar la demanda a la capacidad de la infraestructura de la isla, garantizando una experiencia más placentera y sostenible.
En Barcelona, la lucha contra la masificación se centra en la regulación de los pisos turísticos. La eliminación progresiva de licencias busca devolver la vivienda al mercado residencial y frenar la turistificación de barrios enteros, una medida que, aunque ambiciosa, requiere un control riguroso para ser efectiva.
La Acrópolis de Atenas ha implementado un sistema de acceso escalonado, con horarios y cupos, permitiendo una mejor conservación del patrimonio y una experiencia más relajada para los visitantes. Este tipo de control es esencial para evitar la saturación en lugares emblemáticos.
En el Parque Nacional de Les Calanques en Francia, la reserva previa para acceder a ciertos espacios naturales se ha convertido en una herramienta clave para reducir el impacto ambiental y asegurar la conservación del entorno.
Finalmente, Maya Bay en Tailandia reabrió sus puertas bajo estrictas reglas de acceso, limitando el número de visitantes y estableciendo turnos. Esta estrategia busca proteger los ecosistemas locales y evitar que el destino sucumba nuevamente a la sobreexplotación turística.
Las lecciones que surgen de estas iniciativas son claras: las medidas que tienen un impacto más significativo son aquellas que regulan el volumen y la distribución de visitantes, así como la oferta de alojamiento. En un mundo donde el viaje se ha vuelto viral, gestionar el flujo de turistas se ha convertido en una prioridad esencial para la sostenibilidad de estos destinos.





