A lo largo de mi trayectoria profesional, la estadística ha sido una constante, aunque inicialmente le tenía cierta aversión. Durante mis años de estudios en profesorado mercantil, sufrí con esa asignatura que, a menudo, se consideraba secundaria frente a otras disciplinas más «nobles» como matemáticas o contabilidad. Sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta de la relevancia que tienen las estadísticas en el ámbito empresarial y político.
Desde la llegada de la democracia en España, se ha incrementado el uso de encuestas y sondeos sobre diversas preferencias de la población, siendo las de intención de voto las más destacadas. Estas encuestas proliferan, especialmente en periodos electorales, y han dado lugar a un aumento considerable de empresas y gabinetes dedicados a su elaboración. A diario, los medios nos bombardean con cifras sobre consumo, audiencias y tendencias, aunque las que realmente captan la atención son las relacionadas con las elecciones.
Sin embargo, la fiabilidad de estas encuestas es cuestionable. A menudo no se alinean con los resultados reales de las elecciones en las distintas comunidades autónomas. El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), bajo la dirección del sociólogo Tezanos, es uno de los principales responsables de la elaboración de estos datos. Desde su fundación en 1963, el CIS ha ofrecido un extenso catálogo de estudios, aunque sus últimas estimaciones de intención de voto han suscitado críticas y desconfianza.
Las encuestas, a menudo, parecen estar más influenciadas por la subjetividad de quienes las realizan que por la realidad del electorado. A veces, se perciben grandes discrepancias entre lo que los sondeos sugieren y lo que realmente ocurre en las urnas. Esto ha llevado a algunos a considerar que existen diferentes tipos de encuestas: las que son encargadas por el gobierno, que suelen ser más confiables, y aquellas que son pagadas por partidos o empresas, que no siempre reflejan la verdad.
Es curioso cómo, en el imaginario colectivo, la estadística ha llegado a ocupar un lugar en la clasificación de las mentiras, junto a las «mentirijillas» y las «grandes mentiras». El concepto de que «todo depende del cristal con que se mire» cobra especial relevancia en este contexto. La estadística, con su componente aleatorio, puede ser utilizada para manipular percepciones, lo que resulta en un juego político delicado y a menudo engañoso.
En conclusión, aunque la estadística es una herramienta poderosa, su interpretación y uso deben ser abordados con cautela. La realidad política es compleja y multifacética, y depender únicamente de los números puede llevar a conclusiones erróneas. La crítica constructiva hacia las metodologías del CIS y otras entidades es necesaria para asegurar que las estadísticas sirvan como un verdadero reflejo de la sociedad y no como un instrumento de propaganda.











